Lo positivo de un buen día

Hay eventos en la vida o personas que te ayudan a descubrir ciertas cosas de ti mismo, ciertos aspectos, que tú nunca habías descubierto porque no prestabas atención a tu auténtico yo sino a aquel monigote falso y presuntuoso que quiere agradar siempre a los demás y buscar que lo quieran por las cosas maravillosas que hace y no por lo que realmente se es.

Una vez que se tiene la experiencia de confrontarse con la realidad de lo que uno es y mirar con actitud reflexiva la oscuridad y miseria que rodea los propios deseos, nace la oportunidad de superarse, de realizar un nuevo aprendizaje que nos lleve a aceptar las cosas como son y a encontrar nuevas motivaciones en la vida; aunque este camino no está exento de dolor, horas de angustia y vergüenza, además requiere de mucha humildad y una gran capacidad para tomarse uno mismo y las circunstancias de la vida con humor. Pero vale la pena recorrerlo, porque al final este camino te conduce a la fuente de la humanidad para beber en ella la energía vital que nos restablece y nos sana, y con ello todos los valiosos descubrimientos que hace uno acerca de sí mismo y con los que renace la capacidad de amar a los demás, de ofrecer mejores cosas a los que te rodean…todo esto sin expectativas desmedidas y asfixiantes. Al ir haciendo este camino, a partir de aquel momento doloroso en que tus amigos o la vida te han puesto en jaque obligándote a mirar honestamente tu interior, va creciendo en ti un generoso optimismo que transforma el corazón haciéndolo ambicionar cosas nuevas que valen la pena, cosas humanas verdaderamente grandes y libres de todo afán posesivo. Este maravilloso optimismo es más grande aún cuando hay un renovada confianza en Dios, en su bondad, cuando se hace con fe una viva experiencia de su CERCANÍA, se alcanza una serenidad radical que se sostiene en las promesas de Aquél por quien vivimos y somos, porque podemos confiar en la verdad de su Palabra: “Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio” (Romanos 8,28).

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