Meditación sobre la Caridad

Es indudable que el mensaje de Jesús incluye radicalmente ese rostro tan bello del amor que es la Caridad hacia los pobres, hacia los que sufren, hacia los despreciados del mundo; pues el Reino de Dios es precisamente el espacio y el tiempo (interior y exterior, personal y comunitario) donde los valores divinos se realizan dando dicha, libertad y realización a los desposeídos y atribulados de la Tierra…la profunda precariedad del hombre caído en el pecado se manifiesta claramente en toda forma de injusticia o desigualdad, es decir, la maldad tiene su lado social.

Por todo ello Jesús al realizar la obra de la redención humana desarrolla su vida y ministerio con un claro anuncio de liberación, con la denuncia de la opresión que sufren los pobres por parte de los ricos y poderosos, y la exhortación a sus discípulos a llevar una vida de auténtico amor al prójimo; y lo que Jesús proclama lo hace en clave de llamado a la conversión, una conversión total que se verifica en una vida incluyente donde el otro ocupe un lugar privilegiado en cada corazón.

Al leer Lc  4, 16-30 entendemos dos cosas fundamentales: el actuar profético de Jesús es la manifestación misma del Reino y el núcleo de su misión que el Padre le ha encomendado, efectivamente quienes sino los cojos, tullidos, ciegos, pobres y cautivos son los más necesitados de Dios, los que más anhelan la salvación, los que viven envueltos en el sufrimiento y que son rechazados por su condición, marginados de la vida pública y a quienes no se toma en cuenta en la religión…de esta manera Jesús une la justicia con la misericordia, pues al mismo tiempo que indica el camino de la conversión con un imperativo moral pone el acento en el amor que cada uno debe tener por el que más sufre al igual que el Padre, así no se reduce el Reino a mera transformación social o utopía sociopolítica, sino que se muestra en su verdad más profunda, es decir, el Reino es vida en el Espíritu de Dios porque solo el que acepta el llamado de Dios puede hacer esta experiencia de humanizarse y humanizar al otro a través del amor evangélico y ser parte así del misterio de la salvación. Esto requiere y supone la fe, el cultivo de la correcta y auténtica relación con Dios en la cual se descubre la propia identidad y se le reconoce al otro su dignidad inalienable, la más alta expresión de esto es la filiación divina hecha posible por la encarnación del verbo (Cfr. Jn 1,1 ss).

Esto debe llevar a una vida de entrega a los demás por Jesús que implica la ayuda organizada y práctica, tal como la desarrolla san Pablo al invitar a las comunidades cristianas a ayudar a los hermanos de Jerusalén 1 Cor 16, 1-9. Y la praxis cristiana de la solidaridad social generará no solo una tradición de iniciativas de asistencia sino también una espiritualidad equilibrada que se centra y fundamenta en la virtud más importante del Evangelio, que es el Amor el cual es exaltado en 1 Cor 13, 1-13 y sin el cual no se puede vivir el misterio de Cristo ni llamarse discípulo suyo, este amor que purifica se llama Caridad y como decía san Agustín: “en todas las cosas hay que tener Caridad”.

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