Homilía II Domingo del Tiempo Ordinario

II Domingo del Tiempo Ordinario

Homilía

1 Samuel 3,3-10.19

Salmo 39

1 Corintios 6,13-15.17-20

Juan 1,35-42

Queridos hermanos y hermanas:

En la Palabra de Dios que acabamos de escuchar se manifiesta el doble misterio de nuestra vocación: identidad y misión. Cuando Dios nos llama, como a Samuel, nos va conduciendo a una relación profunda con Él, se entabla un diálogo de persona a persona “Samuel, Samuel” “habla, Señor que tu siervo escucha” y así se va descubriendo en el llamado nuestra identidad, como Samuel al crecer en la presencia del Señor quedó constituido como profeta de Israel; esta identidad va unida siempre a la misión, cuando Dios me llama me doy cuenta de quien soy y Él me entrega una misión en la que deberé entregar mi vida, la de Samuel fue la de anunciar la Palabra del Señor al pueblo.

Para escuchar el llamado hay que tener cierta disposición interior, el Señor insiste hablándole al hombre por su nombre “Samuel, Samuel” porque el Señor nos conoce, sabe quienes somos, nada de lo nuestro está oculto para Él; la disposición interior de cada uno se traduce en búsqueda “aquí estoy ¿para qué me llamaste?” le decía Samuel a Elí, lo mismo sucederá con los discípulos que van tras de Jesús, Él los interroga “¿qué buscan?” y ellos le respondieron “¿Maestro, dónde vives?”, al buscar se ponen en camino para descubrir el misterio de Dios, el sentido último de su vida, buscan y el Señor les sale al encuentro y les habla, los invita a estar con Él “vengan y lo verán”, como se dice también de Samuel “el Señor estaba con él”. Esta disposición se traduce en obediencia, ya que no se trata solo de escuchar sino de estar dispuestos a obedecer la voz de Dios con las palabras del salmo: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. También es digno de notarse que en el proceso del llamado hay un intermediario, Elí en el caso de Samuel, Juan el Bautista en el caso de Andrés y el otro discípulo, y el mismo Andrés en el caso de su hermano Simón; el Señor se sirve de medios humanos para llegar a cada persona, a través de alguien que ya ha tenido una experiencia de fe, alguien que ya ha escuchado el llamado.

En el encuentro de Jesús con Simón todo queda muy claro, Dios le llama por medio de su hermano Andrés que después de haber estado con Jesús da testimonio de que es el Mesías, él conduce a Simón hasta Jesús, lo introduce, lo inicia en el conocimiento del misterio del Hijo de Dios. Es sorprendente que Jesús al momento y fijando en él la mirada lo conoce perfectamente, que profunda y penetrante es la mirada de Jesús que descubre hasta lo más íntimo de la persona, Jesús mira fijamente a Simón y le revela su nombre, su identidad: “tu eres Simón, hijo de Juan”. Por algo la Iglesia enseñará a lo largo de los siglos que en Jesucristo no solo se nos revela el misterio de Dios sino también el misterio del hombre porque Aquel que nos conoce desde antes de nacer sabe perfectamente quienes somos; pero esta identidad que cada uno descubre en la mirada amorosa de Jesús experimenta una transformación, una elevación, porque después de mirarnos nos da un nuevo nombre, una identidad renovada y con ella una misión especial, personal, realizar esa misión será la realización de nuestra vida y exige del hombre la entrega total y confiada a ella, “ahora te llamarás Kefás (que significa Pedro, es decir, Roca)”. Por último las palabras de Pablo a los corintios ponen de manifiesto que la vocación a la santidad que todos hemos recibido incluye nuestro propio cuerpo al cual debemos tratar como algo santo y guardarlo de la fornicación, porque en él habita el Espíritu Santo, porque somos miembros del Cuerpo de Cristo y hemos sido comprados por Él a precio de sangre y le pertenecemos. Glorifiquemos hermanos a Dios con nuestro cuerpo, con una identidad renovada en un nuevo nombre, con un canto nuevo en nuestros labios, glorifiquemos a Dios porque hemos encontrado al Mesías y Él nos mira con amor. Amén.

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