Homilía IV Domingo del Tiempo Ordinario

IV Domingo del Tiempo Ordinario

Homilía

Deuteronomio 18, 15-20

Salmo 94

1 Corintios 7, 32-35

Marcos 1, 21-28

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos contemplado al Señor en el Evangelio enseñando con autoridad a los asistentes a la Sinagoga, ¿qué es lo que enseña? la verdad ¿qué es la verdad? Él mismo, Él es la Verdad. De ahí proviene su autoridad, Él está plenamente identificado con la verdad por eso puede enseñar la verdad acerca de Dios y también la verdad acerca del hombre, por eso lo que Jesús enseña es Revelación que ilumina y descubre el auténtico significado de lo que Dios había revelado a Israel en la Antigua Alianza; Jesús es el profeta prometido en el Deuteronomio, ese profeta que será como Moisés al cual escucharán y sus palabras serán las palabras de Dios, no será como los otros profetas, su ministerio es único y solo Él lo puede realizar. Y la Palabra de Jesús no solo es Revelación sino que también es Evangelio, Buena Nueva, puesto que no solo “adoctrina en el conocimiento de la verdad” sino que siendo la Verdad misma cambia, transforma la vida de los hombres; es Palabra de libertad que expulsa al demonio y rompe las cadenas de los oprimidos, así lo hizo Jesús con ese hombre poseído por un espíritu inmundo, con autoridad enseña y con autoridad ordena y libera.

Jesús con su Palabra ha venido a liberar a los hombres, a la creación entera, de la opresión del pecado que lastima la belleza que Dios ha plasmado en sus creaturas amadas, Jesús hace nuevas todas las cosas con su Palabra y su Vida, Jesús es la luz que disipa las tinieblas en la vida de los hombres. Por eso San Pablo dice a los corintios: “yo quisiera que ustedes vivieran sin preocupaciones”, es decir, Pablo desea que los creyentes vivan ocupados en una sola cosa, en escuchar y seguir a Jesús, con la mente y el corazón puesto en las “cosas del Señor” como los solteros que no tienen cónyuge a quien agradar, “hay que agradar solamente al Señor” podemos entender ahora en estas palabras de San Pablo, no se trata de despreciar el matrimonio sino de “dedicarse en cuerpo y alma al Señor” igual que Jesús está completamente entregado a su Padre y por eso es completamente libre para darse a los demás, no tiene en el corazón otra cosa que no sea Dios y su Reino.

Entonces lo que impide que “agrademos al Señor” no lo es tanto nuestro estado de vida sino “la dureza de corazón”, el resistirse a aceptar a Dios en la propia vida, el aferrarse a uno mismo en contra de Dios, el rebelarse ante Dios que quiere conducir nuestra vida hacia la salvación para “tomar el control” nosotros mismos sin importar a dónde nos lleve. Ese corazón engreído, duro y frío como la piedra, debe ser cambiado por un corazón nuevo capaz de amar, capaz de sentir misericordia ante los sufrimientos ajenos, capaz de escuchar obedientemente la Palabra que le viene de lo alto, capaz de afirmar siempre lo que es bueno, verdadero y santo; ¡Jesús viene a cambiar los corazones! Él viene a destruir el mal que domina nuestros corazones, a curar nuestras heridas, a saciar nuestra sed de Dios, su Palabra poderosa expulsará de nosotros todo lo malo liberándonos de la opresión del pecado y sus consecuencias. Jesús es el Reino de Dios, en Él hay salvación y amor, vengan, acerquémonos a Él llenos de júbilo y démosle gracias, adorémoslo de rodillas y bendigámoslo porque Él es nuestro Dios y nosotros somos su Pueblo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s