Camino de la Pascua

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a recorrer un camino de purificación y penitencia que culminará en la Pascua, celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo Nuestro Señor, misterio de fe por el cual hemos sido salvados. Por cual este tiempo es especialmente propicio para centrar nuestra atención en la Palabra de Dios vivida como un proceso que va de menos a mas siguiendo el itinerario de Jesús con sus discípulos como aparece en el Evangelio de Marcos (que estamos escuchando los domingos en la Misa, ciclo B), un proceso formativo en el cual Jesús va enseñando a sus discípulos lo que sucederá con Él cuando sea entregado a muerte y resucite, enseñanza que a ellos les costaba mucho comprender (Marcos 8,31-33); igualmente a nosotros, tan acostumbrados a vivir en una época de bienestar y consumo y a pensar siempre en nuestro éxito personal, nos puede resultar difícil entender el misterio de la Cruz y el valor del sufrimiento como parte del proyecto de Dios para nuestras vidas. Una cosa es cierta: está claro que no se llega a la Gloria de la Resurrección sin pasar previamente por el camino de la Cruz.

Pero ¿qué es la Cruz? ¿se trata de sufrir por sufrir, de aguantarlo todo? No, la fe cristiana no es masoquismo, es amor (1 Juan 4,8); el dolor del discípulo de Jesús es el mismo que el de su maestro, padecemos por hacer el bien (1 Pedro 2,20-21)igual que Jesús; si practicamos el ayuno, la limosna y la oración (Mateo 6,1-18) lo hacemos no por castigarnos sino para vivir aquella renuncia que el Señor nos pide y que constituye el núcleo de su llamado (Lucas 14,33), es decir, la renuncia a todo (a uno mismo) por amor a Dios, de esta manera nuestra penitencia cuaresmal es solo una muestra de la total dependencia de Dios que queremos vivir y al mismo tiempo es preparación de nuestro espíritu para estar completamente dispuestos a acoger el Reino de Dios que no es comida ni bebida (Romanos 14,17). Así sufrimos por las pruebas que padecemos igual que todos los hombres, o también sufrimos a causa de nuestra fe cuando somos perseguidos o humillados (igual que el oro se purifica por el fuego como dice 1 Pedro 1,6-8 nuestra fe es probada para que se conozca su autenticidad), pero ante todo sufrimos porque estamos unidos a Cristo, a su muerte y resurrección por el bautismo, y sus padecimientos redentores se hacen presentes en nosotros para que podamos ofrecernos también como Él a Dios Padre por la salvación de la humanidad entera (ese es el sentido de Romanos 12, 1 cuando habla del culto espiritual que debemos dar a Dios ofreciéndonos como “hostias santas”).

Este es pues el camino que vamos recorriendo en la vida y más intensamente durante la Cuaresma y que la Iglesia nos lo ofrece cada año, vivámoslo con espíritu de fe confiados en que el Señor nos acompaña y nos conduce hacia la felicidad de su reino eterno, que Él confirme en cada uno de nosotros la decisión que hemos tomado de seguirlo para que al compartir su Cáliz y su Cruz seamos juzgados dignos de participar en su Gloriosa Resurrección.
Dios es amor y el que ama permanece en Dios, y Dios en él
1 Juan 4,16b

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