La Resurrección de Jesús sostiene nuestra lucha

La Resurrección del Señor Jesús es el hecho trascendente y fundamental de la fe que sostiene al cristiano y a la Iglesia entera en todas sus luchas, es la columna que soporta todo el proyecto de Dios y la fuerza que empuja a la humanidad hacia la verdadera vida. Si en la Cruz de Cristo queda de manifiesto hasta donde llega el alcance del Amor de Dios, en la Resurrección aparece con claridad el fruto nuevo que produce ese mismo Amor: la vida nueva que se vive en el Espíritu Santo. Así aparece en el texto de Juan 20,20 cuando Jesús resucitado les comunica a los discípulos el soplo del Espíritu, signo de una nueva creación; así aparecerá también en el día de Pentecostés (Hechos 2,1-12) cuando de imprevisto se manifieste el Espíritu sobre la comunidad y los llene con la abundancia de los dones capacitándolos para evangelizar con poder. La Resurrección está ligada no solo al acontecimiento de Pentecostés sino que une la predicación del Reino de Dios hecha por Jesús en Galilea y en Judea con los primeros “hechos sacramentales” de la naciente Iglesia, así san Pablo afirmará que quien es Bautizado queda injertado en Cristo, muerto al pecado y resucitado a una vida nueva ( todo el capítulo 6 de la carta a los Romanos habla de esto, por la fe y el Bautismo el cristiano vive una existencia nueva que es un don de Dios por la Resurrección de Jesús, de modo que la vida anterior marcada por la ley y el pecado es muerte, de la cual se resucita en el Bautismo para ser ahora vida nueva marcada por la gracia de Cristo y el poder del Espíritu Santo). Esta misma presencia “misteriosa” del Resucitado en medio de su Iglesia es la que anima la vida de los creyentes también en relación a la Eucaristía celebrada por aquella primera comunidad, en el Evangelio de Lucas (Lc 24,13-37) esto se da en el contexto de los peregrinos de Emaús que le reconocen “al partir el pan” aludiendo a que en la Eucaristía, aquel hecho tan íntimo que Jesús celebró en su última cena con los discípulos (Lc 22,15-20) y que el mismo les ordenó celebrar (se trata de una “tradición”, entregada por Jesús y continuada por la Iglesia, así lo reconocerá san Pablo en 1 Corintios 11,23-26), Jesús concentró anticipadamente su Pasión, Muerte y Resurrección quedándose presente con los suyos de esa manera para seguirlos amando, por ello la primitiva Iglesia tendrá como una de sus características esenciales la celebración de la “fracción del pan” tal y como se narra en Hechos 2,42. De este modo la presencia de Jesús Resucitado en su Iglesia se convierte en presencia espiritual, de fe, Bautismal y Eucarística, configurando la vida de los Hijos de Dios en la comunión con Él mismo hasta llegar a la meta expresada por san Pablo en Gálatas 2,20 “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”…que la fuerza del Resucitado renueve nuestra vida para que seamos nosotros presencia viva de su Amor que transforma el mundo y vence a la muerte. Aleluya.

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