Flash Pascual

Jesús aparece en los Evangelios ejerciendo su ministerio mesiánico en el Templo, al cual llegó a llamar “la casa de mi Padre” (Juan 2,16) y ahí llegó también a enseñar su doctrina; sin embargo también anunció la destrucción del mismo, esto en relación con su propio cuerpo, de modo que al desaparecer el Templo material de Jerusalén Él mismo se ha constituido en el Verdadero Templo para adorar al Padre, su Cuerpo entregado en la Cruz y Resucitado es el nuevo altar de la nueva alianza. Así la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo (Efesios 1,20-23), reconoce que el culto al Padre lo ofrecemos siempre en Cristo que ha ofrecido un único sacrificio: el de la Cruz que se prolonga a lo largo de la historia en la Eucaristía, “esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes” (Lucas 22,19-20). Por eso en la Misa, cuando ya se han “consagrado” el pan y el vino, el sacerdote los eleva hacia el cielo mientras dice la doxología “por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos” y el pueblo responde con un sonoro “Amén”. Así queda demostrado que el culto de adoración de la Misa lo ofrecemos a Dios y nadie más. Aleluya.

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