Homilía IV Domingo de Pascua

Homilía

Hechos 3,13-15.17-19

Salmo 117

1 Juan 3,1-2

Juan 10,11-18

 Queridos hermanos y hermanas:

 Hoy Jesús en el Evangelio se presenta a sí mismo como el Buen Pastor, como el que cuida de las ovejas sin temor a dar la vida por ellas. ¿Qué características tiene este Pastor? da la vida, no huye ante el lobo que acecha el rebaño sino que se arriesga por amor a ellas aun a precio de salir lastimado, de morir; “conoce a sus ovejas”, entre el Pastor y las ovejas hay un conocimiento íntimo, de ninguna manera formal, el Pastor las conoce una a una, sabe todo de ellas y ellas reconocen su voz como algo único y distinto a todas las demás voces que hay en el mundo. Es el Pastor de la unidad, su pastoreo va más allá de las fronteras de Judea y Galilea, se extiende hasta el confín de la Tierra y a su único rebaño están llamadas a pertenecer todas las naciones. Y es el Pastor del amor que libremente da su vida, sabemos lo que hicieron con Él, pero no fue forzado sino que Él aceptó entregar su vida, libremente obedece al Padre que le ha pedido esta entrega y libremente se da a sí mismo porque ama a las ovejas.

Acogerse a los cuidados del Buen Pastor y dejarse conducir por Él a los pastos de la verdadera vida nos hace descubrir nuestra verdadera identidad, porque gracias a Él no solo nos llamamos hijos sino que lo somos en verdad y nuestra vocación es tan grande que aun no sabemos cómo seremos al fin “porque lo veremos tal cual es”. Por eso lo mejor, lo más seguro es construir sobre Cristo “que es la roca verdadera” y solo Él puede salvarnos. Ahora bien ¿qué consecuencias tiene en la vida el hecho que seamos hijos de Dios? lo primero es que el mundo no nos reconocerá, seremos rechazados como Jesús lo fue, quizá no en la misma medida pero siempre habrá Cruz en nuestra vida, esto no debe desanimarnos, estaremos firmes si permanecemos a la escucha atenta de la dulce voz del Pastor. Hemos de poner nuestro mayor esfuerzo en conocer al Pastor, no con un conocimiento superficial sino con una relación íntima con Él, nos hace falta una vida de oración más intensa en la que no nos resignemos a unos pocos ratos pasados con el Señor, nos hace falta confrontarnos con las palabras del Buen Pastor y seguir su llamado obedeciéndolo por encima de toda opinión y moda, y sobretodo nos hace falta una caridad más ardiente, mas deseosa de hacer mucho bien a los demás para ir entregándonos poco a poco, libremente, para volver a tomar nuestra vida cuando estemos con Él en su Reino, sentados todos juntos a la mesa de su banquete y unidos todos por un mismo amor. Amén, Aleluya.

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