El santo cura de Ars

En el pasado Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, aparecía constantemente la figura de San Juan María Vianney, el Santo Cura, humildísimo sacerdote que desempeñó casi todo su ministerio en el igualmente humilde pueblo de Ars. Ante la cercanía de su memoria litúrgica quisiera comentar un solo rasgo del santo: su identificación con el ministerio sacerdotal. En efecto, San Juan María, no haría otra cosa que simplemente desarrollar su ministerio sacerdotal en medio de las gentes sencillas, no conocía otra forma de santificarse que no fuera la de simplemente ser lo que era.

Cualquiera que lea un poco acerca de la vida del Santo Cura podrá ir descubriendo en ese cúmulo de pequeñas pero heroicas acciones del santo que constituyeron la trama de su vida, cómo el amor de Dios en él se manifestaba con inmensa sencillez en las tareas sacerdotales, realizadas una y otra vez, pero llevadas a cabo siempre con un celo ardiente por la salvación de las almas con un profundo sentimiento de compasión. La vida del santo se fue gastando poco a poco como se gasta la cera de una vela encendida entre el ir y venir de sus humildes aposentos a visitar a su Señor en el sagrario, en la estrechez de su confesionario en el que pasaba hora tras hora distribuyendo el inapreciable tesoro de la misericordia divina, en las numerosas visitas a sus feligreses enfermos, en el consejo humilde pero lleno de sabiduría, en el ayuno y la penitencia, en la predicación apasionada de la Palabra de Dios, en la enseñanza del catecismo a los niños que impartía él personalmente…algunos podrán pensar que se trata de un modo viejo de vivir la fe, que no se corresponde con la actividad pastoral de nuestro tiempo, y verdaderamente nos equivocaríamos si pensando así restásemos valor a su testimonio, pues le juzgaríamos desde nuestro tiempo; sin embargo, nadie podrá negar que en su raudo paso por la vida había en él algo de eternidad, que su fidelidad sacerdotal a Jesucristo es un valor que permanece siempre nuevo, porque la santidad no puede ser anticuada, nunca lo será. Al contemplar a San Juan María Vianney se me enternece el corazón y suspiro por llegar a tener una fidelidad como la suya, leo su vida y se me llena la boca con las palabras del Evangelio “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (Mateo 16,24).

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