La fe y las obras

“Pues han sido salvados por la gracia mediante la fe, y esto no es obra de ustedes, sino que es don de Dios; tampoco es por las obras, para que nadie pueda presumir.” Efesios 2,8-9

Efectivamente Dios ha querido salvarnos por pura gracia suya, ésa ha sido su voluntad, libremente ha puesto en obra su plan de salvación movido solo por su amor a cada uno de nosotros, no hay nada que proceda de nosotros que haya influido en su determinación. Es por gracia que la salvación viene, es gratuita, no se recibe a cambio de nada, más bien se da un “admirable intercambio” por el cual Dios nos entrega lo mejor de sí mismo y toma lo peor de nosotros, el pecado.

Ahora bien esa gracia es asequible a nosotros por la fe, creyendo el hombre se salva, porque se hace partícipe de la obra redentora que Dios todopoderoso le ofrece, la fe es el apropiarse de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, ya que es necesario que libremente aceptemos el don de Dios que nunca hace violencia a nuestra libertad, como decía San Agustín: “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Este don de la fe es al mismo tiempo la respuesta del hombre a Dios, cada uno está llamado a darla continuamente durante su vida, he ahí la importancia del “yo creo” conque confesamos nuestra fe; creer entonces es entrar en una nueva dimensión de la existencia, es la aceptación radical de la presencia de Dios en mi vida y la disposición a orientar mi vida entera hacia él, participando continuamente de su misterio, así “el justo vivirá por la fe” (Romanos 1,17b).

¿Y las obras? ¿no cuentan para nada? Las obras, que humanamente pueden ser un valor en sí mismas, no son sin embargo, la condición por la cual Dios nos otorgue la salvación, su justicia no es distributiva sino salvífica, las obras virtuosas solo tienen sentido como frutos de la salvación, son la manifestación de que el creyente realmente ha dejado que Dios haga su obra en él. Por ello dirá el apóstol Santiago “pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe” (Santiago 2,18b). Así como las obras no salvan, una fe sin obras tampoco salva porque no es auténtica fe, un creyente que confesando su fe en Jesús no se ha aplicado a ser “misericordioso y santo” no se encuentra en el camino de la salvación porque las obras no solo suponen la fe sino que la perfeccionan (Santiago 2,22), ya que la fe se orienta hacia el amor, que es la mayor de las virtudes (1 Corintios 13,13).

Por eso la fe debe ser vivida en la cotidianeidad de nuestra vida, lo que creemos y profesamos ha de encontrarse en completa coherencia con lo que hacemos, ése es el testimonio que el Señor quiere que demos; la verdadera fe es el seguimiento de Jesús, la santificación que se realiza en nuestro ser por la acción del Espíritu Santo, es total dependencia de Dios.

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