¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

Este grito del ciego Bartimeo (Marcos 10,47), cuyo encuentro con Jesús hemos escuchado en el Evangelio del domingo pasado, representa el clamor de todos aquellos que estando a la orilla del camino de la vida, marginados por sus discapacidades físicas o morales, han tenido el valor necesario para gritarle a Jesús desde lo más profundo de su dolor porque no han dejado pasar la oportunidad de encontrarse con Jesús Nazareno que pasa cerca de ellos. Cuántos de ellos se han puesto de pie de un salto al escuchar el llamado, levantándose de la postración en que se hallaban para incorporase a la nueva vida que se les ofrece…y es que al mismo tiempo que han escuchado al Señor en su interior ha habido por gracia de Dios hermanos que pronunciaran para ellos las palabras de la fe: ¡Ánimo, levántate, te está llamando!

Después ha venido el encuentro, dos personas, dos voluntades, Jesús y el hombre herido, necesitado, que se encuentran en el diálogo más perfecto porque surge del amor, del reconocimiento de la propia miseria y de la petición sencilla y confiada porque se sabe de alguna manera que Jesús es el Señor; palabras tan simples las de Bartimeo pero que encierran el profundo valor de la capacidad humana de creer en Dios: “Señor, quiero ver”. Estas palabras y muchas otras, como aquel “Señor, si quieres puedes sanarme” que pronunció un leproso (Marcos 1,40), son al mismo tiempo expresión de la debilidad humana y signo de la misericordia divina, surgen de la apasionada búsqueda mutua entre Dios y el hombre, entre el Padre y el hijo pródigo, y qué diferentes son a aquellas otras pronunciadas por odio y maldad a lo largo y ancho de la historia humana; aun hay otras palabras, las que están a medio camino, las que quieren y no pueden, tales como las de Pedro que se hundía en las aguas agitadas “Señor, sálvame” (Mateo 14,30), palabras que expresan la mediocridad de nuestra fe, la falta de ese fuego que solo puede dar el Espíritu Santo para dirigirnos a Jesús con una fe total…qué admirable sabiduría guarda el Evangelio de Cristo, gran tesoro de la Iglesia para los pobres de todas las generaciones.

Pero todavía más importantes son las últimas palabras de Jesús, como aquel “tengo sed” que dijo mientras agonizaba en la Cruz, exclamación de su profunda pasión por la humanidad y de la condición humana que quiso compartir con nosotros hasta en la más grande precariedad, hasta tener sed de Dios. ¡Que inagotable misterio! Palabras últimas que han permitido las palabras nuevas de la Resurrección “la paz esté con ustedes” (Lucas 24,36), las palabras de su definitivo advenimiento “mira que yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21,5).

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