Homilía Domingo I de Adviento

avvento2006_spJeremías 33,14-16

Salmo 24

1 Tesalonicenses 3,12-4,2

Lucas 21,25-28.34-36

Queridos Hermanos y Hermanas:

Al comenzar el tiempo de Adviento, litúrgicamente rico en simbolismos y en pedagogía de fe, la Palabra de Dios que hemos escuchado nos quiere indicar hacia donde debemos mirar para comprender el plan de Dios; así dice Jeremías, que cuando el ‘vástago santo’ descendiente de David nazca entonces la justicia de Dios reinará y el pueblo estará a salvo, pues en él se cumplirán las promesas de Dios a Israel. Nosotros sabemos bien quien es ese ‘vástago’, es Jesús, Hijo de Dios, hijo de David, hijo del hombre que ha venido “hecho carne” y cuyo nacimiento nos preparamos a conmemorar en la Navidad, su primera venida anunciada por los profetas.

En efecto, Jesús enseña a sus discípulos acerca del tiempo de la consumación, describe las señales que precederán su segunda venida, acontecimientos formidables que sacudirán todo el cosmos; si el Señor dice esto no es para provocar un alarmismo innecesario sino para suscitar nuestra fe, “pongan atención y levanten la cabeza”, ya que cuando tal cosa suceda será el tiempo de la salvación, la “hora de la liberación”, por lo cual hay que estar preparados y no dejarse sorprender entregando el corazón a las cosas de este mundo y postergando nuestra conversión hasta el ‘último momento’, que, dicho sea de paso, no es seguro pues no tenemos conocimiento de cuando seremos llamados a la presencia de Dios. Y si bien Jesús nos pone sobre aviso es para señalar la actitud conque debemos aguardar su venida, “velen pues y hagan oración continuamente”, se trata de una actitud interior de esperanza, una esperanza que brota y se afirma de la comunión con Dios, y dicha comunión solo la podemos lograr si dedicamos nuestro espíritu a una profunda vida de oración, donde el intercambio de amor con Él nos fortalezca para perseverar hasta el encuentro final.

Esta ‘espera activa’ que el Señor nos propone en el Evangelio no puede reducirse a los momentos ‘religiosos’ que llevamos a cabo, más bien involucra toda nuestra vida, en la práctica del “amor mutuo” para que el Señor conserve nuestros corazones en la santidad; la espera activa consiste en vivir para agradar a Dios y seguir en un continuo progreso espiritual, vigilando nuestra conducta para no acomodarnos a los criterios de este mundo y empeñados con especial ahínco en servir a los más pobres, en quienes Cristo viene cada día a nuestro encuentro. En el nombre del Señor Jesús, los exhorto a vivir conforme a la esperanza de nuestra fe, aguardando al Señor en cada etapa de nuestra vida con una caridad ardiente, hasta que el venga a consumar nuestra anhelada liberación. ¡Ven, Señor Jesús!

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