Homilía Domingo III de Adviento

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Sofonías 3,14-18

Isaías 12

Filipenses 4,4-7

Lucas 3,10-18

Queridos Hermanos y Hermanas:

La Palabra de Dios que hemos escuchado es una clara invitación a la alegría “gózate y regocíjate de todo corazón”, así proclama el profeta Sofonías ante la realidad de una Jerusalén devastada por la guerra, consecuencia de los pecados de su pueblo. Esta alegría no es inmotivada sino que procede de la cercanía de Dios, de Dios que salva porque “se goza y se complace…Él te ama”, palabras cargadas de ternura que Dios dice a su pueblo; en efecto Dios salva porque nos ama, su amor y su ternura por nosotros son inmensos, Él quiere restaurar nuestra vida de aquella destrucción que ha hecho el pecado, desea llenarnos de júbilo para que nuestra existencia sea dichosa.

Pero en la realidad vemos que no siempre somos felices, que no encontramos esa cercanía misericordiosa de Dios en las circunstancias concretas de nuestra vida e incluso podemos llegar a pensar que Dios se olvida de nosotros, que no le importamos. ¿Qué respuesta podemos dar? en verdad Dios siempre está con nosotros, simplemente a veces nuestros sentidos y nuestra fe se ofuscan y nos concentramos tanto en lo malo que nos sucede que ya no vemos el bien conque Dios nos bendice continuamente; pero también es cierto que puede haber un obstáculo que nos impide gozar de la salvación de Dios: el pecado.

El mal que hacemos al pecar y la culpa que cargamos por ello vuelven más triste nuestra vida y nos alejan de Dios, el pecado llena nuestro corazón de sentimientos de desesperación y oscurece nuestra existencia, el pecado nos oprime y nos quita la alegría de vivir, quizá no lo notamos porque procuramos llenarnos de gozos pasajeros rehusándonos  ha enfrentarnos a nosotros mismos, por eso cuando Juan predica la conversión y sus oyentes se acercan a él para recibir el bautismo de penitencia le preguntan ¿qué tenemos que hacer? porque un cambio es necesario para disponernos ha recibir la salvación. Y creo que cada uno sabemos bien lo que hemos de hacer, sabemos qué es lo que debe cambiar en el interior del corazón, la conversión de nuestra manera de ser nos dispone para acoger a Cristo, el Mesías, quien nos bautizará con “Espíritu Santo y con fuego”, destruyendo la obra del mal que ha lastimado la bondad que Dios colocó en nosotros.

De ahí surge la verdadera alegría, “alégrense siempre en el Señor”, la alegría de saberme tan amado que Dios está dispuesto a perdonarme, que puedo renacer de su Espíritu para retomar el rumbo de mi vida. Un fruto extraordinario de esa alegría por nuestra salvación es la paz, “no se inquieten por nada…que la paz de Dios…custodie nuestros corazones y pensamientos”. Este es el famoso domingo de “Gaudete”, del rosa litúrgico; permanezcamos pues alegres, en la alegría de saber que Cristo viene hoy a nosotros en esta Eucaristía, oremos confiadamente diciéndole “Señor, ¿qué tenemos que hacer?”, para que Dios consagre nuestras vidas en la paz y en el amor, y así vivamos sin temor y encontremos en su presencia la felicidad que todos deseamos. Amén.

Gaudete, gaudete, Christus est natus, ex Maria Virgine

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