Vivir la fe en Navidad

Merry_Christmas_nacimientoLa fiesta de Navidad, una de las más hermosas y ricas litúrgicamente, posee entre las personas una profunda raigambre que ha modificado y generado costumbres celebrativas de generaciones enteras; es, sin embargo, una fiesta cristiana que ha perdido mucho de su esencia con el correr de la historia. En efecto, la Navidad hoy se vive en muchos casos ajena a su sentido cristiano, abundan en ella elementos extraños a la tradición católica y éstos son eficazmente manipulados por los intereses comerciales, además se ha convertido en una especie de “tiempo” de buenos deseos, casi sin ningún referente a su verdad originaria: el nacimiento de Jesús.

¿Qué es la Navidad?

La Navidad (del latín Nativitas: nacimiento) designa al mismo tiempo el misterio del nacimiento de Jesús y su celebración litúrgica que la Iglesia realiza cada año, acontecimiento que narran los Evangelios (Mateo 1,18-25; Lucas 2,1-21) y que posee una gran relevancia para nuestra fe; la Navidad está ligada íntimamente a la Encarnación (que aparece más claramente en Juan 1,1-18) del Verbo, del Hijo de Dios, que al hacerse hombre siendo concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María ha entrado en la historia de los hombres de una manera sorprendente pues se hace uno de nosotros. Y así la Navidad es un fruto necesario de la Encarnación, es la manifestación sencilla a la vez que gloriosa del Hijo de Dios hecho hombre, nacido en la plenitud de los tiempos (Gálatas 4,4), nacido en la humildad de una familia pobre y reconocido por los sencillos (Catecismo de la Iglesia Católica 525). La Navidad enlaza entonces el misterio de la Encarnación con el misterio de la Muerte y Resurrección, ya que el que nació es el mismo que murió y resucitó, el que está sentado a la derecha del Padre y a quien la Iglesia espera hasta que vuelva a consumar todas las cosas, completando así la obra de la Redención humana; por eso la Iglesia se prepara a la Navidad con el Adviento, la espera litúrgica que conmemora el nacimiento de Jesús es imagen de la espera escatológica con la que aguardamos su segunda venida, lo cual posee un profundo sentido teológico y espiritual, pues también Cristo va tomando forma en nosotros y nos hace partícipes de su divinidad (Catecismo de la Iglesia Católica 526).

¿Qué implicaciones tiene celebrar la Navidad?

Aceptar el acontecimiento de la Navidad es aceptar la intervención divina en la historia, donde Dios personalmente se incluye a sí mismo en el devenir de la humanidad, por ello la fiesta de Navidad no es un recuerdo piadoso de un bonito relato, es más bien un verdadero memorial de Dios que nace entre los hombres, inscribiéndose en la línea de la promesa del Mesías esperado, el descendiente de David (Lucas 1,32; Romanos 1,3). Jesús es el Emmanuel (Mateo 1,23), el “Dios con nosotros”, el Dios solidario con  la humanidad, el Dios que salva.

Implica también renovar nuestra actitud de esperanza, pues la vida la vivimos en la fe en Jesucristo esperándolo hasta que vuelva (Hechos 1,9-11), la existencia cristiana se desenvuelve en una espera activa, pues mientras aguardamos la segunda venida hacemos todo lo posible para acoger la gracia que nos viene de Dios para transformar nuestra vida y el mundo, preparando el camino al Señor, evangelizando y suscitando la conversión en todos los hombres.

También significa que Cristo, quien se hizo un niño pequeño por nosotros, continúa viniendo a nosotros constantemente (en su Palabra, en los Sacramentos, en la Oración y en los hermanos), y requerimos acoger una y otra vez su presencia salvadora para mantenernos en comunión de amor con Él y que de esta manera nos sostenga perseverantes en la fe hasta el final de nuestras vidas. Todo esto determina y fortalece nuestra fe, nuestra confianza en que Dios está cerca en Jesús y de una manera tan radical que comparte nuestra existencia en todo menos en el pecado, elevándonos así hasta su divinidad, admirable intercambio entre Dios y los hombres.

¿Cómo podemos celebrar la Navidad?

La mejor manera de disponerse a vivir la Navidad es con un buen Adviento, ya que este tiempo litúrgico es especialmente propicio para generar en nosotros las disposiciones necesarias para una viva celebración de la Navidad, en este Adviento la Palabra de Dios que escucharemos en la Eucaristía de los domingos ilumina nuestro caminar en la fe, para que comprendiendo la “cercanía siempre nueva” del Salvador, preparemos convenientemente nuestro espíritu para recibirlo.

Procuremos en este Adviento tener el corazón abierto, porque Cristo tiene muchas maneras de hacerse presente en nuestra vida, y podremos encontrarlo siempre en los más humildes, donde nos espera para que le entreguemos nuestro cariño y nuestra ternura, tal como María le dio la suya cuando lo tuvo entre sus brazos.

Por último no olvidemos que la Navidad es un acontecimiento de fe, y que el adorno y el ambiente social no deben opacar la alegría festiva genuina que brota  del sabernos tan amados por Dios que nos ha entregado a su Hijo único para salvarnos (Juan 3,16); por lo cual aun cuando participemos en las celebraciones familiares y populares de esta temporada, tengamos en cuenta de donde procede todo este gozo: del corazón de Aquel que nació de la Virgen María. ¡Feliz Navidad, que Cristo nazca hoy en sus corazones!

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