Homilía Domingo I de Cuaresma

JES_S_ORANDO_EN_EL_DESIERTODeuteronomio 26,4-10

Salmo 90

Romanos 10,8-13

Lucas 4,1-13

Queridos hermanos y hermanas:

En esta cuaresma que empezamos hace unos días, el miércoles pasado, la Palabra de Dios nos sitúa ante aquel “credo” de los israelitas, la memoria viva de lo que Dios había hecho por ellos al liberarlos de la esclavitud en Egipto; tal acontecimiento era y es hasta nuestros días, el sentido de la vida religiosa de Israel, de los judíos, saberse elegidos y salvados por Dios mantiene encendida la llama de la fe y proporciona una ruta, una meta, la seguridad de saber hacia donde se va. Nosotros, que no somos judíos, ¿sabemos a dónde vamos? sí, vamos hacia la libertad verdadera, la más profunda, seremos liberados del pecado, del poder de satanás y alcanzaremos la vida eterna, esa es nuestra tierra prometida. Nos sostiene el memorial no de la liberación de un poder terrenal sino del poder más oscuro y profundo que agobia a la humanidad, del mal; hemos sido liberados por la muerte y resurrección de Jesús, misterio fundamental de nuestra fe, pues a Jesús lo confesamos como Señor y creemos en el con el corazón, accediendo así a una salvación cercana y radical.

A nosotros también el Señor nos conduce por el desierto como a Israel, nuestra cuaresma es el camino a la verdadera pascua en la cual  superamos toda tentación con la fuerza del Espíritu que nos ha ungido. Las tentaciones de Jesús, que es nuestro modelo y guía, representan el recorrido espiritual de todo cristiano, la purificación de nuestra fe en el enfrentamiento con el seductor; somos tentados en la vida a poner a Dios en segundo lugar pensando en tantas necesidades apremiantes que experimentamos, queremos convertir las piedras en pan para saciar el vientre pero en realidad ese pan no es suficiente pues llevamos un hambre más grande: el hambre de Dios que solo se sacia con “palabras salidas de su boca”. También pasamos por la tentación de querer poseerlo todo, permitirnos todo, porque hay tanta riqueza y belleza, afán de poder y de dominio, pero Jesús nos dice que no es el poder mundano el que salva, solo salva el amor de Dios que es infinito e incondicional, solo ese amor es digno de ser servido y adorado, lo demás solo es esclavitud. Por último enfrentamos la tentación de lo sensacional, de querer que Dios nos haga invulnerables, de experimentar cosas extraordinarias, del espectáculo, pero Dios no está sujeto a nuestros caprichos, Él es el Señor, el dueño de todo y no puede ser sometido a nuestros intereses.

En el fondo de este evangelio de las tentaciones de Jesús, subsiste una pregunta ineludible ¿confío realmente en Dios o solo pretendo utilizarlo para mis propios fines, para mi vanagloria? cada uno de nosotros debe responder honestamente a esta pregunta, hoy pedimos a Dios omnipotente para que nuestra respuesta de fe pueda ser como las palabras del salmo: “tú eres mi Dios, en tí confío”. Amén.

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