El testimonio de un gran Papa

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Joseph Ratzinger, (nacido en Marktl am Inn, diócesis de Passau, Alemania el 16 de abril de 1927 , era Sábado Santo y fue bautizado ese mismo día) se convirtió, el 19 de abril de 2005, en el 265 Papa de la Iglesia Católica: Benedicto XVI. Su vida antes de ser Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro estuvo marcada por dos grandes fuerzas conviviendo en una perfecta sinergia, una fe sencilla y viva, en  armonía con una apasionada búsqueda de la verdad; consecuentemente la vida de este hombre ha estado caracterizada siempre por la inquietud intelectual desarrollada en la calidez que da la fe cristiana, vivida siempre en comunión con la Iglesia de todos los tiempos, en cuya Tradición estuvo sumergido su pensamiento.

Elegir tal camino no fue fácil, su vida estuvo marcada por grandes renuncias e incomprensiones, éstas sobretodo en su tiempo como Pontífice, criticado por propios y extraños ha tenido que soportar el desprecio a causa de su imagen impopular, de los escándalos de su amada Iglesia y por supuesto, el rechazo que experimenta quien pretende hablar de la verdad a un mundo enamorado de la mentira, sumido en la complacencia de sí mismo y en la autosuficiencia de sus logros materiales.

Qué decir que desde que supe que este hombre existía me sentí cautivado por su pensamiento y su forma de vivir, la lectura de sus obras fue para mí el pasar de un catolicismo rígido y poco humano a la fe en Dios y en el hombre del verdadero y único cristianismo católico. Como Papa sus enseñanzas, siempre ricas en pasajes bíblicos y de los Padres de la Iglesia, me fueron enamorando de un Cristo cada vez más vivo y real, que no es otro que el Jesús de Nazaret de los Evangelios, verdadero Dios y verdadero hombre. Puedo decir que Joseph Ratzinger, sin saberlo, evangelizó a un hombre de mucha menos talla (espiritual) pero de cabeza dura como la roca más firme: Raymundo Tristán. Gracias a Benedicto XVI tuve mi propio “romance con la verdad” y en su claro y profundo magisterio encontré una fuente abundante de sabiduría cristiana, creo que mi forma de pensar y de vivir estará siempre marcada por la huella de este gran hombre de nuestro tiempo, que en su humildad se ha convertido en algo así como “la columna de la fe”.

Ahora que renuncia al Ministerio Petrino, una cosa me queda clara y es preciso que la diga, su vida es un testimonio auténtico de cuanto ayuda ese retirarse humilde de los escenarios que constantemente practicó, para no dejarse comer por el afán protagónico que tanto mal hace a los sacerdotes hoy, para dejar que aparezca la luminosa figura del Salvador del mundo, para que Cristo crezca (Juan 3,27-36); al actuar así no disminuye el hombre sino que encuentra su verdadera grandeza.

¡Gracias, Santo Padre, gracias hermano Joseph! Qué las lágrimas que ahora empiezan a correr por las mejillas se transformen en aclamaciones de alegría cuando veamos nuestra amada Iglesia más santa, más fiel al amor de su Redentor.

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