Homilía Domingo IV de Cuaresma

hijoprodigo1Josué 5,9.10-12

Salmo 33

2 Corintios 5,17-21

Lucas 15,1-3.11-32

Queridos Hermanos y Hermanas:

Al ir avanzando en nuestro itinerario cuaresmal, cada día está más cerca la Pascua, la Palabra nos ofrece la oportunidad de sumergirnos en las profundidades de la Misericordia Divina, de la que aparece una explicación clara y profunda por parte de Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”. Es fácil sentirnos identificados con ese personaje, pues también nosotros hemos recibido la herencia del Padre que nos ha dado la vida, la creación, la familia, dones y cualidades, que en mayor o menor medida hemos desperdiciado al huir de “casa” en busca de placeres egoístas, cuando hemos querido “comernos el mundo” y éste nos ha provocado una severa indigestión. En efecto, ese mundo cuyos “tesoros” queremos devorar, ese mundo que nos ofrece tantas experiencias emocionantes, termina introduciéndose como un parásito en el alma; los goces prometidos se convierten en vicios, pasiones desordenadas que nos hacen esclavos, así hasta perder la dignidad de lo que somos, llegando a querer saciarnos con la comida de los puercos.

¿Hay alguna oportunidad de salvación para los hombres y mujeres, para nosotros, una vez que hemos tirado a la basura la preciosa herencia que el Padre nos ha entregado? Sí,  hay que “entrar en nosotros mismos” para encontrar de nuevo la memoria imborrable de que el Padre nos ama, de que su casa está llena de esa vida verdadera, de pan de vida que sacia los anhelos más profundos del alma; llegado el momento abandonamos el miedo al qué dirán, ya no nos importa nuestra fama sino solo el hecho de volver a como de lugar a la casa del Padre, para entrar en ella no como hijos sino al menos como trabajadores.

¡Cuánto gozo en aquel hijo pródigo que vuelve al Padre y éste le sale al encuentro! No lo condena, no lo rechaza, sino que  lleno de ternura, envolviéndolo en su amor le devuelve, quizá más brillante que antes, la dignidad perdida a causa del pecado. ¡Volvamos al Padre! Hagámoslo ahora y entremos a la fiesta de la misericordia, al banquete de la fe, al sacrificio del amor, a la Eucaristía, auténtico maná del cielo que nos alimenta y nos sostiene hasta que alcancemos la Tierra Prometida del Reino de los Cielos, “haz la prueba y veras que bueno es el Señor”. Cuidemos de no caer en la envidia del hermano mayor, que obedecía pero por soberbia y no por amor al Padre, todo es nuestro, toda la vida, y podemos tomarla cuando queramos para disfrutarla, compartirla, gozarla. Solo nos hace falta una cosa: dejarnos reconciliar con Dios.

Vivamos en Cristo, misericordia radical del Padre, que se entregó por nosotros para mantener abiertas las puertas de la Casa que otros quisieron cerrar, esto es la conversión, dejarse encontrar por Dios en el abismo de nuestros pecados y de nuestras luchas, aceptar el don de la vida nueva que Cristo nos ofrece en la Iglesia, comunidad de reconciliación e imagen de la casa paterna. Vivamos en Cristo, lo viejo ha pasado, ya todo es nuevo. Amén.

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