Homilía del Domingo V de Cuaresma

Jesus y mujer adultera

 

Isaías 43,16-21

Salmo 125

Filipenses 3,7-14

Juan 8,1-11

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Palabra de Dios nos muestra la anchura y la profundidad del amor de Dios, misericordia que salva y sana, que libra de la muerte al pecador para abrirle un horizonte nuevo de felicidad. Ya la tradición profética conocía esta experiencia de Israel, en el que la misericordia de Dios se ha hecho presente bajo la forma de una liberación social, pues los profetas van anunciando cada vez con mayor firmeza y claridad que Dios “hará algo nuevo”. ¿En qué consiste esta novedad? En que Dios va a transformar la tierra árida de Israel, los corazones de su pueblo que se han secado a causa de su soberbia, y hará de ellos un “manantial de agua viva” que inundará la tierra de los elegidos y ellos proclamarán sus alabanzas.

Y esto lo ha hecho Dios en Jesús, Él es la fuente de vida de la que manan la misericordia y el perdón, sanando la aridez espiritual de los judíos que se han olvidado del amor y que son incapaces de perdonar al pecador. Pero Jesús no condena, y no porque quiera simplemente eludir la trampa que le han tendido, sino porque quiere salvar, ¿a quién? a ella y a ellos, porque todos lo necesitan; la mujer para no dejarse arrastrar de nuevo por aquellas pasiones desordenadas que bullen en su corazón y que son incapaces de saciar su sed, los escribas y los fariseos para que abandonen aquella forma vieja de pensar que los ataba incapacitándolos para entrar en el torrente del amor de divino. Así Jesús, verdad y amor del Padre, libera al ser humano de la perniciosa carga del pecado y le devuelve al ser humano aquella dignidad perdida, porque aunque el pecado es digno de rechazo “vete y no vuelvas a pecar”, el pecador siempre debe ser amado “tampoco yo te condeno”.

Jesús es el amor que sacia nuestra sed, por el que san Pablo nos invita a experimentar la fuerza de la resurrección, a compartir sus sufrimientos, para dejar atrás todo lo viejo y abrirse a lo nuevo, a la vida nueva que nos ofrece continuamente en la Eucaristía. Porque tú y yo hemos estado también como la mujer adúltera, seducidos por la dulzura aparente del pecado pero con la amargura de sus consecuencias, señalados y despreciados por nuestra conducta reprobable; Jesús quiere levantarnos, decirnos “¿quién te condena?”, restaurar nuestra dignidad de hijos de Dios para que volvamos a ocupar nuestro lugar en su banquete, para consolar nuestro corazón afligido y curarnos de la terrible vergüenza y desesperación en que nos hunden nuestros malos actos. También hemos sido de los que señalan, de los que desprecian a sus hermanos por las más mínimas faltas, de los que no saben amar, y Jesús viene a escribir en la arena nuestros pecados para que “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, y así abandonemos el camino de la soberbia y saciemos la sed de amor que también nosotros llevamos. Al ir iban llorando, pero volverán cantando, porque Dios ha saciado la sed de su pueblo. Amén.

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