Un nuevo Papa, una nueva esperanza

13634811276El pasado 13 de Marzo los señores cardenales (el Espíritu Santo y ellos, por supuesto) nos sorprendieron gratamente al elegir al hasta entonces Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, como nuevo sucesor de san Pedro y Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, primer latinoamericano y primer jesuita en ser Papa, todo esto tras la renuncia no menos sorprendente del bienamado Benedicto XVI.

Hoy, Francisco, nombre que ha elegido en honor de san Francisco de Asís y quizá pensando en seguir sus pasos, ha inaugurado solemnemente su ministerio petrino; no voy a repetir sus palabras en la Misa ni las que ha pronunciado antes porque los Media ya se encargan de eso. Simplemente me limitaré a señalar un aspecto que se va vislumbrando en el inicio de este pontificado, aspecto importante y significativo en un mundo cada vez mas secularizado: la pobreza.

Elegir el nombre de Francisco y mostrar su interés en “una Iglesia más pobre, una Iglesia para los pobres”, lo mismo que su trayectoria sacerdotal y episcopal allá en “el fin del mundo” (o sea, Argentina), va abriendo el horizonte, así lo entiendo yo, a trabajar por un papado y una Iglesia que efectivamente sea más cercana a los desposeídos de toda la tierra, les ofrezca el verdadero Evangelio de Cristo pobre (y casto y obediente, no lo olvidemos).

Sepa Santo Padre que estamos con usted, que queremos una Iglesia pobre en sus gastos y en sus gestos (y no, no rechazo el valor de lo sagrado), pero que siga siendo Iglesia, que siga siendo de Cristo, contamos con Su Santidad para lograrlo, pues el Señor lo quiere y hay que hacer lo que Él nos diga. Y la mayor pobreza que puede haber es el pecado, así que Santo Padre oramos por usted y con usted para que se haga realidad ese proyecto de Dios que es la Iglesia Católica, tal como la quiere Él, más santa para que santifique a un mundo alejado de su Amor, más pobre para que haga sentir en la casa del Padre a los que el mundo no quiere, la queremos más viva para gozar en ella la alegría sencilla que nace del encuentro con Jesucristo, el crucificado, el resucitado.

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