Homilía Domingo V de Pascua

como yo los he amadoHechos 14,21-27

Salmo 144

Apocalipsis 21,1-5

Juan 13,31-33.34-35

Queridos hermanos y hermanas:

En este Domingo la Palabra de Dios nos lleva a contemplar la tensión en que la Iglesia vive permanentemente, desde aquellos inicios en tiempos de los Apóstoles en que se iban constituyendo las primeras comunidades cristianas, a las que Pablo exhortaba a “perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Las comunidades adquirían poco a poco su estructura y había gran alegría porque Dios abría a los paganos la puerta de la fe. ¿No parece hoy que esa puerta está cerrada? ¿no sucede, acaso, que muchas personas, incluso católicos practicantes son incapaces de creer? El componente humano de la Iglesia a veces oscurece la visibilidad de las personas que buscan a Dios, y sienten no encontrarlo en ella porque sus miembros son demasiado pecadores o porque no han “sentido” la acción de Dios en su vida personal, piensan que Dios no les responde. Pues todo esto se supera si tomamos en cuenta lo que Pablo ha dicho acerca de las tribulaciones, la decepción ante las fallas de los hombres, las horas de oscuridad y dolor en que parece que Dios no está, son experiencias difíciles pero necesarias para que cada uno madure en su fe y abandone la cómoda y soberbia pretensión de ser perfectos al modo humano, la fe no consiste en una vida carente de fallas, sino en una vida plena de amor.

Es el amor el núcleo de la fe católica, pues tal es el mandamiento nuevo que Jesús nos ha dado “que se amen los unos a los otros como yo los he amado”, en esto consiste la voluntad de Dios, no solo en el cumplimiento de una serie de mandatos morales o en el asentimiento a una serie de ideas, incluye todo eso pero sin el amor no es nada. Amar es actuar según Dios, a su manera, y es también muy humano porque Él nos ha creado para amar, en el amor de Jesús que se entrega en la Cruz hemos sido redimidos, y es el Espíritu de Amor el que nos santifica y nos consagra como nuevas criaturas, nadie puede decir “creo mucho” sin “amar mucho”. Pero ¿de qué clase de amor habla Jesús? Jesús nos llama a vivir un amor a su medida, “como yo los he amado”, el amor de Jesús será para siempre la medida de nuestro amor, no podemos amar como a nosotros se nos ocurra o con ese amor torcido que solo satisface nuestras inclinaciones egoístas (“es que lo hice por amor” dicen algunos para justificar sus malas obras); amar como Jesús es darse, hasta el sacrificio, a la persona amada, a cada uno, ofrecer lo mejor de nosotros mismos a los demás sin esperar nada a cambio que ya Dios se encargará de saciar nuestra necesidad de ser amados.

Por último, en el extremo opuesto de la tensión en que la Iglesia vive, se encuentra la imagen de la plenitud del Reino de los Cielos que nos retrata el Apocalipsis, allí está la Iglesia perfecta “engalanada como una novia”, allí está Dios que en el amor “hace nuevas todas las cosas”. Esa es la meta de nuestra existencia, amar como Jesús hasta llegar a la plenitud del amor en la vida eterna, en esta Eucaristía pidamos la gracia de ser renovados en el amor para que nada impida que lleguemos a nuestro destino en el Reino de Dios. Amén.

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