Homilía Domingo IX del Tiempo Ordinario

Jesús y el centurión

Salmo 116

Gálatas 1,1-2.6-10

Lucas 7,1-10

Queridos hermanos y hermanas:

En la primer lectura hemos escuchado como el rey Salomón ha hecho una oración a Dios, suplicándole que escuche a todos los pueblos desde su Templo, porque la humanidad siempre necesita la oración, por más que haya dudas y confusión acerca de Dios y su voluntad, por mucho que gocemos de autonomía en este mundo, tarde o temprano cada hombre se ve inclinado a la oración, a suplicar de lo alto ayuda para sobrellevar la precariedad de la propia existencia. Qué mejor que Dios responda desde un lugar en que su nombre pueda ser conocido, en que los hombres no anden a tientas en su busca, sino que lo conozcan y lo invoquen alzando sus manos y elevando sus corazones a su Presencia.

Esta forma de orar ha alcanzado ya su plenitud en Jesús, porque en Él ya no hace falta templo alguno, Él es el Templo Vivo de Dios que lleno del Espíritu Santo recibe las plegarias de los hombres como recibió aquella petición del centurión romano; pero, ¿qué espera Aquel que recibe nuestras constantes peticiones? Dios no es una máquina expendedora de bendiciones sino un Dios de amor capaz de relacionarse con el hombre, de dialogar e incluso de habitar en aquel que lo invoca, Dios solo espera que tengamos fe. La fe es el ingrediente clave para que la oración sea escuchada y atendida, pero una fe tal que se convierta en obediencia, que reconozca la completa dependencia del hombre hacia Dios, que confíe en su voluntad amorosa más que en cualquier cosa, “no soy digno de que entres en mi casa…pero conque digas una palabra mi criado quedará sano”; aquél pagano confiaba en Jesús, creía en su poder para sanar, su espíritu se encontraba completamente en manos de Dios a quien se debe toda obediencia, porque “si yo que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes y cuando le digo a uno ¡ve! él va…” con cuanta mayor razón Dios debe ser obedecido.

Por eso san Pablo reprocha  a los gálatas que han abandonado al Padre siguiendo “otro evangelio”, porque si la Revelación del amor de Dios ha sido ya dada en plenitud por medio de Jesucristo es que no puede haber otro evangelio, el que sigue otra doctrina no hace sino entregarse a su propio egoísmo, al deseo mundano de hacer un “dios” y una “fe” a nuestra medida para satisfacer nuestras ansias de autosuficiencia. Es necesario que nosotros también volvamos al verdadero Evangelio, no para agradar a los hombres cuyo ánimo varía de aquí para allá como rama que mueve el viento, sino para agradar a Dios cuya verdad y misericordia permanecen por los siglos. La fe cuando es obediencia produce en primer lugar la aceptación total de la voluntad divina, abre la existencia ordinaria a la acción extraordinaria de la gracia y luego, ya madura, la fe se vuelve operativa en el amor, de la confianza pasamos a la acción, de la invocación a la entrega. Haz oración, sal de ti mismo y cree, y cuando vuelvas a ti te habrás encontrado ya sano. Amén.

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