Homilía Domingo XVI del Tiempo Ordinario

marta

 

Génesis 18,1-10

Salmo 14       

Colosenses 1,24-28

Lucas 10,38-42

Queridos hermanos y hermanas:

Lo que más lastima en la vida es que te ignoren, vas por la calle, saludas a alguien y esa persona te ignora, qué mal ¿no? , y cómo duele cuando quien te ignora es tu amigo, tu familia; también es muy triste ver enfermos en casa o en el hospital y que a pesar de que están atendidos en sus necesidades, son tratados con indiferencia, están ahí como un objeto que hay que mover y limpiar, pero nadie habla con ellos, nadie les sonríe. Vivimos en una sociedad de indiferentes, caminas por la ciudad solo sin hablar con nadie, como un desconocido más, ¿quién te conoce? ¿quién sabe de tus penas? ¿quién te va a dar ese abrazo que sientes necesitar con ansias este día?

Esta indiferencia afecta también nuestra relación con Dios, nuestra fe; en efecto, somos muchos los que estamos aquí celebrando la Eucaristía pero con la mente lejos de Dios, preocupados por los pendientes que hemos dejado en casa, pensando “mira quien vino hoy”, “qué feo vestido trae esa señora”, “que acabe pronto el cura para irme a ver el partido”…estamos aquí sin reconocer a Dios en nuestras vidas, sin darnos cuenta que Jesús está más cerca que nunca ofreciéndonos su amor y su amistad, eso que tanto necesitamos en nuestra vida personal.

Abraham supo reconocer la presencia de Dios en esos tres viajeros, supo ponerse a su servicio y ofrecerles un momento de descanso, fue generoso y hospitalario, y así Dios se detuvo en su vida y le dejó un regalo, una bendición: la promesa del hijo deseado. Dios está pasando hoy por tu vida y conoce ese anhelo tuyo que llevas en el fondo del corazón, esa cosa buena para tu vida y que quizá ya perdiste la esperanza de tenerla, y está dispuesto a dártela, solo tienes que reconocerlo por la fe.

Y Jesús nos da la misma lección de amor, Él ha ido a donde sus amigas Marta y María, cómo se alegra el corazón cuando se está con los amigos…no ha ido a pedir que le sirvan, no viene a exigir que le den de comer y le tengan la casa limpia, Él solo quiere la atención cariñosa de sus seres queridos. Afanarse en la casa es bueno, la limpieza, el trabajo, son cosas necesarias mas no son lo primero, no son lo más importante, las personas siempre son más importantes; ahora bien, Jesús está ahí, al alcance y lo único necesario es escuchar su Palabra, y es que nosotros somos creyentes precisamente porque escuchamos, de la escucha de la Palabra nace el amor a Jesús. Hay que dejar ese activismo vacío que nos aleja de Jesús, porque llegará el día en que ya no podamos hacer nada, en cambio la presencia de Jesús permanece para siempre con nosotros; el problema no es el quehacer sino el ignorar la presencia amorosa de Jesús en nuestras vidas.

Éste es el designio secreto que Dios ha revelado para nuestra salvación, ésta es la esperanza de la gloria, Dios está aquí en la Misa, en todos los hermanos, en cada persona, no lo ignores, no lo dejes pasar sin detenerse, ámalo en cada uno de los que te encuentras en la vida y serás bendecido…ésta es la mejor parte y nadie te la quitará. Amén.

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