Consideraciones Personales

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“Querido hermano, que nadie te desprecie por tu juventud, sé un modelo para los fieles en tu comportamiento, en la caridad, la fe y la pureza. Mientras llego preocúpate de la lectura, de la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que posees, que se te concedió por indicación profética con la imposición de manos de los presbíteros” (1 Timoteo 4, 12-14)

En este texto bíblico que escuchamos hoy en la primer lectura de la Misa, Pablo invita a Timoteo a perseverar en su vocación, en su ministerio, palabras que bien podrían ser dirigidas a cualquier cristiano, pero que sin duda resuenan más en los oídos de los sacerdotes jóvenes.

Yo me siento muy identificado con esta cita, pues soy sacerdote y soy joven, y ambas cosas pueden llegar a pesar cuando uno se dedica al servicio de las almas, porque ponen en evidencia las enormes tareas que están delante de uno y la el temor que surge de pensar que no se está a la altura de las circunstancias, que no se tiene la capacidad para hacer lo necesario…otras veces se puede sentir que el ministerio nos ata, que no nos deja hacer todas esas cosas emocionantes y útiles que hacen los otros jóvenes; esos cursos súperinteresantes que quisiera tomar, esas actividades de voluntariado social, esos estudios de posgrado que siempre quise hacer, esa conferencia a la que hubiera querido asistir. El alma vuela ante estas consideraciones y puede encontrarse bastante a disgusto con las propias condiciones en que se ejerce el ministerio, o puede caer en el desánimo y perder el aliento para llevar a cabo un ministerio fecundo.

sacerdote_200910Pero con éstas palabras el Señor nos devuelve a lo esencial, a lo que Él nos ha llamado, para que no perdamos el tiempo con preocupaciones estériles; es cierto que hoy por hoy un sacerdote joven puede hacer muchas cosas, para mantenerse actualizado o para superarse personalmente, pero se trata de cosas secundarias. El ministerio vale la pena por sí mismo, por el enorme servicio que se presta a los fieles en el anuncio de la Palabra, en la administración de los sacramentos y en la animación de la vida eclesial, y sobre todo por la especial comunión con Jesucristo que se puede disfrutar siendo sacerdote.

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El texto de la primera lectura continúa diciendo “Preocúpate por ti y por la doctrina; persevera en estas cosas, pues si haces esto, te salvarás a ti y a los que te escuchen” (1 Timoteo 4, 16). Y esta recomendación tiene toda la lógica de la fe, pues si el sacerdote no vela sobre su propia salvación poco podrá hacer por la de los demás, es necesario cuidar de uno mismo, estar siempre listo y con el corazón puesto en el Señor, escuchar primero uno la Palabra, frecuentar digna y devotamente los sacramentos, dejarse gobernar por la Iglesia y seguir los impulsos del Espíritu, estar atentos a los signos de los tiempos y a las necesidades de los fieles. Pues aunque el ministerio sacerdotal siempre es gracia, cuando hay fidelidad y eficacia la gracia aumenta, pues como dice el Papa Francisco “hay que ser Pastores con olor a oveja…ministros misericordiosos” del Pueblo de Dios.

Papa Francisco

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