Homilía del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Publicano y fariseo

Sirácide 35,15-17.20-22

Salmo 33

2 Timoteo 4,6-8.16-18

Lucas 18,9-14

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Palabra nos habla de Dios como Juez. La figura de juez suele inspirar temor porque la relacionamos con severidad, con rigidez e incluso con corrupción; sin embargo cuando la Escritura presenta a Dios como juez resalta dos aspectos positivos, su justicia y su misericordia. Dios, creador del ser humano, es el único que conoce a la perfección lo que hay detrás de cada acto humano, las motivaciones e intenciones de la persona que por lo general permanecen ocultas son plenamente conocidas por Dios, solo Él conoce también la verdadera gravedad de nuestros pecados.

Dios es justo, exige una verdadera justicia sobre nuestras culpas, pero también es misericordioso, sabe perdonar porque nos ama, y restaura la dignidad del hombre pecador devolviéndole el gozo de la salvación. El libro de Sirácide nos dice que Dios es veraz, que no se deja engañar por apariencias, que escucha nuestras súplicas, sobre todo aquellas que son hechas con humildad, porque “la oración del humilde atraviesa las nubes”; el humilde reconoce el poder de Dios y su propia miseria, pero no desiste, clama al Altísimo e insiste con la seguridad de que “el Señor no está lejos de sus fieles”.

Sin embargo la debilidad humana llega a tal grado que nos sentimos “dueños” de la justicia y cometemos el pecado de la autojustificación, llegando a presumir como el fariseo del Evangelio por no ser como los demás hombres. Esta es la tentación de las personas religiosas de todos los tiempos, la de ser “santurrones”, creer que ya estamos justificados por nuestras prácticas religiosas, pensar que somos mejores que los demás, presentarnos con orgullo ante Dios como si le hiciéramos un favor con nuestra presencia, como si Dios nos debiera algo, deteniéndonos a juzgar el comportamiento de las demás personas para fijarnos en sus pecados sin ver los nuestros, ¡cuántas veces nos ponemos a ser jueces como si no hubiera un único Juez! Los hombres siempre somos malos jueces, o somos demasiado condescendientes y nos permitimos todo o nos juzgamos con demasiada dureza siendo incapaces de perdonarnos.

1591

Jesucristo ha venido a corregir también esta fea actitud, la preciosa parábola que hoy nos presenta resalta la figura del pecador público que se siente indigno del Señor y que pide misericordia “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador”. La soberbia del fariseo le mantuvo lejos de Dios, la humildad del publicano le hizo acreedor de la justificación, por algo la Iglesia nos hace pronunciar las palabras de éste en el acto de contrición de la Misa, “Señor ten piedad” y golpearnos el pecho en señal de arrepentimiento, hagámoslo siempre de corazón y no como un gesto mecánico y vacío. El fariseo en el fondo ni siquiera mira a Dios, sino sólo a sí mismo, cree alabar a Dios pero actúa como si no lo necesitara porque piensa que lo hace todo bien por sí mismo; el otro en cambio se ve en relación con Dios, necesitado de Él, pone su mirada en Dios y también se abre a sí mismo, para descubrir y reconocer la pobreza de su existencia y permitir entonces que Dios actúe y lo libere, esa “libertad interior” le hará aprender a ser también misericordioso, semejante a Dios, habrá recuperado la dignidad de ser hijo Suyo.

Pablo ha hecho esta experiencia de forma radical, sabe muy bien quien ha sido antes de conocer a Jesús, conoce su debilidad, pero habiéndose entregado a Cristo es un hombre nuevo y ahora que está a punto de enfrentar la muerte escribe a su amigo Timoteo consciente de haber perseverado hasta la meta, seguro de que Dios lo seguirá librando y le concederá el premio: la corona de la vida eterna. Esta experiencia de la acción salvadora de Dios podemos experimentarla también tú y yo, si somos los suficientemente humildes y valientes para reconocer con dolor nuestras miserias y atenernos a la sentencia del Justo Juez, quien perdonará con amor nuestras faltas y nos dará las herramientas para luchar de aquí en adelante para no fallar más. Acerquémonos al sacramento del Santo Perdón y dejemos que Jesús extienda su mano misericordiosa sobre nosotros para que desate las cadenas del pecado, sane las heridas de nuestro corazón y nos conceda la fuerza para perseverar, y démosle gracias porque sin Él ¿qué sería de nosotros? Amén.

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