Homilía Domingo II de Pascua

20130407-divina_misericordiaQueridos hermanos y hermanas:

En este tiempo de gracia, de alegría por la Resurrección, la Palabra de Dios nos lleva a contemplar aquella primera comunidad que, fruto de la predicación pospascual, vive una fe y una caridad intensas, alimentadas por la asiduidad en la “enseñanza de los apóstoles, las oraciones, la fracción del pan y la común unión”, en el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos la verdadera fisonomía que Cristo ha querido para su Iglesia, una Iglesia que sea comunidad de fe y de amor, congregada por la verdad de la que dan testimonio aquellos que vieron y oyeron, una comunidad solidaria donde todo se tiene en común, una comunidad que es verdadero germen de salvación para los pueblos, es el rostro de la humanidad renacida en Cristo y tendrá que ser siempre la referencia insoslayable para la Iglesia de todos los tiempos.

Mas la fuerza que da cohesión a esta Iglesia no es una fuerza mundana, no es un idealismo religioso ni una ideología social, no se trata del poder económico o político, nada de eso, la energía que mantiene unida a la Iglesia es y siempre será Jesucristo. Ella solo puede mantenerse viva si le recibe una y otra vez como los discípulos, que cuando están solos se comportan como unos miedosos, al llegar Jesús les da la paz, don indispensable para construir relaciones humanas, y les comunica el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, para vivificar lo que está muerto y quitar el temor instalando la confianza de la fe en sus corazones acobardados. Si nosotros hoy no participamos de la Paz de Cristo y del Espíritu Santo no podremos cumplir nuestra misión, la fe decae cuando no está en comunión con Aquel que nos ha redimido con su sangre; ahora bien, Tomás dudaba, quizá porque buscaba solo el encuentro con el Señor sin dar crédito al testimonio de sus coapóstoles, su actitud representa la angustia y la vacilación de los creyentes, es la duda lo que nos hace sufrir, quisiéramos ver para creer, nos asusta el hecho de que no poseemos a Cristo como se poseen las cosas visibles y materiales, y esta duda nos lleva a la falta de compromiso ¿cómo podrá ser la fe la fuerza transformadora de la vida si seguimos dudando? Es necesario despojarse de sí mismo, de toda arrogancia intelectual y todo deseo egoísta, para poder entonces salir de dudas y hacer la profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. La fe confesada se convierte así en el distintivo de la vida del cristiano, que sabe ponerse de pie en cualquier lugar y en cualquier momento para decir “creo” y proclamar a Cristo como Señor, dueño de la propia vida, y como Dios, único al cual rendirle adoración en la unidad con el Padre y el Espíritu Santo.

Hermanos, por la gran misericordia de Dios hemos nacido de nuevo, todos nosotros los bautizados ya no somos simples hijos de la carne y la sangre, sino hijos de Dios, por lo tanto nuestra vida tiene que ser nueva, un vida que se realiza en la esperanza de que en el cielo nos aguarda una recompensa de dicha eterna. A ello aspiramos por la fe que confesamos, mas esta fe confesada debe ser purificada, aún tenemos que sufrir, pasar por el fuego para que nuestra fe quede acrisolada, para gloria de Jesucristo, en quien creemos sin haberlo visto, en quien nos gozamos hasta llegar a la meta que es la salvación. Por eso no temamos al dolor o a la aflicción, no desesperemos ante las pruebas, vivir en el mundo es sufrir, sí, hermanos, pero no sufrimos solos, sufrimos con Cristo pues a Él estamos inseparablemente unidos, no nos dejará desfallecer en la lucha pues para eso dio la vida por nosotros, para que en su nombre nos levantemos victoriosos.

Así es la dinámica interna de la fe, la fe se vive siempre en comunión, siempre es eclesial, pero solo puede ser auténtica si se mantiene firme en el testimonio del Resucitado, de ahí viene su fuerza, y es la fe algo que necesita ser proclamado, confesado, en lo privado y en lo público; pero también necesita ser probada para crecer y mantenerse fiel a sí misma, si no, corre el riesgo de debilitarse o de hacerse del mundo, y una fe mundana que no exige al hombre ser fiel a Dios y dar lo mejor de sí mismo termina por morir y deja al hombre desamparado en el vacío. La fe verdadera en cambio hace al hombre pasar de la muerte a la vida, del egoísmo y la vanidad al servicio y la sencillez, de los deseos individualistas a las acciones solidarias, del odio al amor.

Hermanos, Dios nos ama, y en Cristo nos ha dado el máximo don que es su Hijo mismo, en Cristo nosotros recibimos todo lo necesario para triunfar, la paz, como condición necesaria para la misión, y el Espíritu Santo, que nos da el mayor poder en el mundo, el poder del perdón, sí, la misericordia es el arma más poderosa del universo. Y en Cristo Dios nos sigue colmando de grandes dones, en especial hoy nos alegramos por la canonización de dos de sus siervos más insignes, Juan XXIII, el Papa bueno, el que tuvo la valentía de abrir las puertas de la Iglesia a una efusión nueva del Espíritu Santo para devolverle al catolicismo el vigor evangelizador de los primeros tiempos, el que tuvo el valor de proclamar la Paz en la tierra en un mundo envuelto en la guerra fría. Y por supuesto Juan Pablo II magno, quien le dio un nuevo rostro a la Iglesia, sosteniendo en un largo y doloroso pontificado la fe de los sencillos en medio de los escándalos por los pecados abominables de muchos sacerdotes, con su magisterio claro defendió la fe de sus deformaciones y defendió la vida y la familia de aquellos que quieren mutilar las realidades más nobles de la existencia humana, acercó la misión de Pedro a las gentes de todos los pueblos y nos enseñó la urgente necesidad de la misericordia, fue sin duda el apóstol de la misericordia. Y ambos tuvieron un filial y tierno amor por María, la elegida, la dichosa creyente, aquella que también Cristo nos dio por Madre en el discípulo amado, ¿por qué habríamos de quedarnos sin ella? El Señor le ha dado una misión especial que ella sigue cumpliendo desde el cielo en la intercesión maternal por todos los que se esfuerzan en seguir a su Hijo.

canonizacionProclamemos con el Salmo “la misericordia del Señor es eterna”, diga la Iglesia entera “eterna es su misericordia”, pues la piedra que desecharon los constructores, Cristo, es ahora la piedra angular. Empujan y empujan para derribarnos, pero Dios nos ayuda, Él es nuestra fuerza y nuestra alegría, este es el día del Señor, día de júbilo y de gozo. ¡Aleluya!

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