Vida 2

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Para las personas que suelen despertar temprano y levantarse a realizar sus cotidianas actividades un buen café es muy reconfortante. Mi padre lleva largos años con ese ritual, ponerse de pie a primera hora, abrir su changarrito y beberse una buena taza de café.

A mí en cambio rara vez me apetece un café, si me levanto temprano (he de confesar que me sigue costando mucho) y me pongo a orar. En cuanto abro los ojos me percato de la primer dificultad, una que me va a acompañar durante todo el día: la tentación.

Cuando se habla de las tentaciones del sacerdote la gente llega a pensar morbosamente, para muchos nada mejor que el escándalo de un sacerdote pecador. Pero la verdad es que la tentación es bastante ordinaria: querer quedarse un minuto más en la cama, comerse otra rebanada de pastel, evitar el encuentro con tal o cual feligrés, etc. Si uno quiere llegar a vencer las grandes tentaciones que lleguen a presentarse en la vida habrá de vencer primero esas tentaciones pequeñitas con la misma naturalidad con que se prepara el café, es una rutina, sí, pero necesaria para el bien de nuestra alma. ¡Ah! Y no perder los estribos si el café se derrama sobre la mesa, no salirse uno se sus casillas si de momento ha sido vencido por la tentación, ya habrá mil nuevas oportunidades de recomenzar la lucha en el día, que nunca deja uno de estar tentado de igual manera que nunca deja uno de estar acompañado del Señor.

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