Homilía Domund

Isaías 60, 1-6
Salmo 116
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45

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En este domingo mundial de las Misiones el Señor nos invita a mirar las antiguas promesas hechas por medio de los profetas al pueblo de Israel,  promesas que manifiestan el deseo de Dios de congregar a todas las naciones de la tierra en una sola familia a la cual colmará de gozo y de paz.  Estas promesas contienen a la vez una mirada al futuro,  porque la realización del proyecto de Dios se prolonga hasta la consumación de los tiempos; mientras tanto,  el hilo conductor de la historia será la presencia de Aquel que con su sacrificio nos ha abierto las puertas del santuario celestial y que se ha convertido en nuestro sumo sacerdote,  Jesús  Mesías de Dios.

Ahora bien,  todos los que hemos puesto en El nuestra confianza y hemos elegido seguir el camino que ha marcado con sus enseñanzas,  debemos ser conscientes de que estamos asumiendo un determinado estilo de vida,  una nueva forma de ser en medio del mundo,  sirviendo al mundo pero sin seguir los criterios del mundo,  nadando muchas veces a contracorriente.

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San Marcos recoge,  con gran claridad,  aquel episodio donde los hijos del Zebedeo le piden a Jesús el privilegio de estar lo más cerca de El,  imaginando quizá que de esa manera disfrutarán de mayores beneficios y seguridades terrenas,  o tal vez su excesivo celo los lleva a querer destacarse por encima de los demás.  La respuesta de Jesús pone en claro que la condición para ser premiados con la participación en la Gloria Divina es ser capaces de padecer igual que El  beber del mismo  cáliz y apurarlo hasta el fondo,  como quien bebe apasionadamente el  más exquisito licor. La historia probará que estos discípulos recibieron el mismo  bautismo de padecimientos de su Maestro. 

Los otros compañeros se molestan,  continúa diciendo San Marcos,  y no se hacen esperar los comentarios,  como tantas veces en nuestra vida personal las ambiciones y le envidia provocan división y discordia.
¡Qué no sea así entre ustedes! Resuena potente la voz del Señor, amonestación fuerte que quiere prevenirnos para que no asimilemos los criterios mundanos en nuestro  comportamiento sino que seamos capaces de mostrar otras actitudes,  imitando a Jesús,  que no vino a ser servido sino a servir. En efecto,  si queremos ser los primeros hemos de ser servidores de todos,  esta es nuestra misión más importante; si bien sostenemos a las misiones en los países lejanos donde la siembra apenas comienza (y es un deber, una responsabilidad,  ayudar material y espiritualmente) el “id y predicad el Evangelio” nos empuja a ser misioneros en nuestro entorno más cercano,  en la familia y el trabajo,  en la vida social y profesional,  en todas las actividades que desarrollamos,  ahí podemos ser misioneros,  testigos de un amor que nos perdona y nos salva.

Para esta tarea tan propia de discípulos,  de seguidores,  se requiere en primer lugar el discernimiento espiritual para identificar los criterios y modas,  las ideologías y salidas fáciles,  que impuestas o promovidas desde ambientes cada vez menos cristianos y cada vez menos humanos,  tratan de seducirnos y nos empujan lejos de la angosta puerta de la salvación. La otra realidad indispensable para el discípulo es la de confrontar su propia historia,  tan lastimada por el pecado como la de cualquier otro hombre,  con la historia de la salvación,  para que así como el Redentor al encarnarse entró en la historia de la humanidad,  así la historia de cada uno se convierta en su propia historia de salvación personal. De esta manera,  por la interacción del Don divino con  la humana voluntad que nos permite la fe,  surge en cada discípulo una nueva identidad,  que se caracteriza por la orientación de todos los actos y decisiones hacia la búsqueda de ese amor que se manifiesta en el servicio.

Esta es una misión y una tarea que no podemos dejar de lado,  pues Aquel que en su infinita misericordia ha querido entrar en tu vida y en la mía para hacerla más dichosa,  más plena,  quiere así mismo que llevemos este gozo a los demás, a los que  buscan a tientas en lugares equivocados la esperanza que solo Cristo puede ofrecer,  pues El quiere que todos los hombres se salven y llegue al conocimiento de la verdad. Amén.

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