Adviento y Misericordia 1

adviento

Quiero comenzar esta serie de artículos diciendo ¡Feliz Año Nuevo! Porque estamos de hecho iniciando un nuevo año en la fe, un nuevo año litúrgico y la liturgia no es otra cosa que una fiesta, la celebración de la fe; una fe cuyo núcleo está conformado por la presencia de Jesús, por su advenimiento, tal es su fuente y su culmen y con ello de la vida de toda la Iglesia, un misterio que nosotros podemos ir develando gradualmente para nutrir nuestro espíritu y participar de la superabundante Gracia de Cristo. Precisamente iniciamos el nuevo año litúrgico con el tiempo de Adviento, del latín “adventus”, que significa advenimiento y hace referencia a un acontecimiento o a una persona de gran importancia que se acerca y para lo cual nosotros debemos estar preparados.

bartolome_murillo-san_bernardo.jpgYa lo decía San Bernardo, que hay tres advenimientos de Cristo (Sermón 5 en el Adviento del Señor, 1-3: Opera Omnia, Edición Cisterciense, 4, 1966, 188-190), el primero en la humildad de nuestra carne, en el vientre de la Virgen María, para mostrarnos la cercanía del amor de Dios, para hacerse uno con nosotros, tal como fue profetizado por Isaías como el “Emmanuel” (Isaías 7,14), y su predicación sobre el Reino y la Salvación, ofrecieron y siguen ofreciendo una oportunidad para vivir diferente a las gentes de aquel tiempo y del nuestro también, un acontecimiento que culminará con su Pasión, Muerte y Resurrección, de esto San Pablo ha elaborado una verdadera profesión de fe, un resumen de la historia de la redención en el capítulo 2 de su Carta a los Filipenses bajo la forma de un himno litúrgico.

La vida de Cristo, que constituye el evento fundamental de nuestra fe, tal y como nos la transmiten los Evangelios y como ha sido recibida por la fe de la Iglesia a través de los siglos, está en constante tensión con el futuro, con el último advenimiento según San Bernardo: con la Parusía; en efecto, la predicación del Señor siempre estuvo caracterizada por un alto contenido escatológico, la redención es algo siempre abierto, la consumación no ha llegado todavía. Esa es la causa de que la teología católica se haya vuelto cada vez más sacramental al profundizar este misterio y la sacramentalidad es ante todo el “ya pero todavía no”, el poseer a Cristo y su Reino en prenda, una prenda de la vida futura que la liturgia anticipa constantemente, de esta manera el culto cristiano es a la vez una conexión con el pasado, una actualización de los hechos de la Salvación, y un ser introducidos en la futura Gloria de los hijos de Dios que en palabras de San Juan aún no se ha manifestado (1 Juan 3,2).

Pero ¿no dijo San Bernardo que eran tres advenimientos? ¿cuál es el tercero? Se trata de un advenimiento intermedio, espiritual, sacramental, y por eso mismo real, que une en la historia de los hombres los otros dos, el de la Encarnación con el de la Parusía; en efecto el santo doctor de la Iglesia afirma “esta venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última, en la primera Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”. Cristo viene constantemente a nosotros, al alma de cada cristiano, porque de hecho se ha quedado con nosotros, así lo dejo dicho a sus apóstoles según nos cuenta San Mateo en el final de su Evangelio “sepan que Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de mundo”, palabras que fundamentan la irrenunciable misión evangelizadora de la Iglesia y que nos dan la confianza para poder llevarla a cabo (Mateo 28,19-20). De aquí que la espiritualidad cristiana no es otra cosa que una relación viva con Cristo, un encuentro personal que se va construyendo en la cotidianidad de la existencia del creyente, en sus actividades ordinarias, allí donde están sus anhelos y legítimos intereses, allí donde están sus luchas, sus amores, vamos, que cada uno debe “encarnar” a Cristo por la fe, como lo hizo la Virgen María, que antes de concebirlo en su vientre lo acogió en su corazón.

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