Persevera

¡Persevera!

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Decía un santo “comenzar es de todos, perseverar, de santos” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino 983), describía así la diferencia entre unos hombres y otros, pecadores todos, pero de dos tipos: los que se rinden y los que luchan hasta el final. La vida es ardua, llena de dificultades y problemas, no hay día sin obstáculos, no hay respiro, es una guerra sin cuartel, todo es siempre, ni más ni menos, que una lucha permanente.

Y el camino de la fe no está exento de esta realidad, son muchos los que emprenden con emoción la aventura de creer, pero qué pronto pasan las primeras ilusiones y el entusiasmo inicial, qué fácil ceder ante el desaliento y la tristeza cuando las cosas no van como deseábamos, las fuerzas del hombre, exiguas, se estrellan ante la inamovible dureza de la existencia que pone a prueba nuestra capacidad. “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba” (Eclesiástico 2,1), paradójico sin duda, pero cierto, entre más te esfuerzas por amar al Señor y cumplir su voluntad más tropiezos encontrarás, cada paso, cada instante, cada pequeña victoria, estarán marcados por la fatiga y el dolor, la Cruz se hará presente todos los días, pensamientos negativos, sentimientos adversos, emociones insanas, tentaciones intensas, voluntades malvadas, por todos lados debilidad y pecado, esto te acompañará sin falta cada día de tu vida.

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Este es el panorama de los hombres, el sombrío horizonte plagado de tormentas que se cierne sobre cada uno en este mundo, ¿qué sentido tiene esto? ¿para qué levantarse de la caída si al día siguiente nos espera otra? Al desánimo le sucede el pesimismo y luego la tibieza, la actitud conformista del que se rinde a medias, del que ya no se entrega sino que pacta con las condiciones del enemigo, el que se vende por una falsa paz a coste de renunciar a sus ideales.

La respuesta está en el amor, la falta de perseverancia no es sino falta de amor, el remedio para los que piensan rendirse es volverse a enamorar, darse cuenta de que pueden amar a Dios y a los demás, no se trata de ser héroes, sino almas enamoradas, así, a fuerza de mucho amar se llega a ser constante.

La paciencia es la virtud indispensable para ganar en este combate, ya lo decía Santa Teresa “nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia, todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta”. Tú y yo ya tenemos a Dios, no nos faltará la gracia para superar la prueba, Él nos sostiene y nos defiende, Él es la roca firme en la que estamos seguros; pide al Señor la paciencia y haz lo que puedas para obtenerla, y llegará a su tiempo, como una escalera que se construye poco a poco, escalón por escalón.

El Señor está contigo, a cada momento te da su gracia, trabaja abnegadamente, pero espera en el Señor, que no te afecten las miserias ajenas o propias, el amor de Dios es mucho más grande, tú sé fiel y ¡persevera!

Raymundo Tristán
Sígueme en Twitter como @PRayTristan

Comments

  1. Muy chida reflexion pater

  2. Malena Holguin says:

    Bendiciones Padre Ray. Excelente reflexión, Dios con usted.

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