Amarás al Señor tu Dios

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En el libro del Deuteronomio (6,5) aparece esta frase como el imperativo fundamental que define la vida del israelita, éste existe para amar a Dios, adorarlo, obedecerlo. Y el primer mandamiento encuentra, por supuesto, su resonancia en la enseñanza de Jesús, el cual como profeta de profetas anuncia la plenitud de la ley precisamente en el amor a Dios y lo enlaza radicalmente al amor al prójimo (Mateo 22,37-40), de manera que para cumplir uno se requiere necesariamente cumplir el otro.

Esto es una buena noticia para la humanidad, pues como decía Cantinflas “amar sin ser amado, es tiempo perdido”, existimos para el amor, todo lo que somos está hecho para el amor, hay que amar y ya. Ojalá todo fuera así de fácil, quién se atreve a negar que el amor es lo más excelente de la vida humana; sin embargo, nos cuesta amar porque encontramos muchas contradicciones entre tantos “amores” que tenemos, esto es así ya que confundimos el amar con el querer (acuérdate, amable lector de la canción de José José “amar y querer”), con el simple deseo, con un mero sentimiento o atracción y en ocasiones incluso con una obsesión.

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Por eso conviene preguntarnos: ¿Qué es el amor? Inspirado en el lenguaje místico del Pseudo Dionisio (Padre de la Iglesia que vivió durante el siglo V y que por mucho tiempo se creyó que era el Dionisio de los Hechos de los Apóstoles), Tomás de Aquino define el amor como salida, como éxtasis o como éxodo; el amante sale de sí mismo para instalarse en la persona amada, en el sentido de que busca el bien de la persona amada y se esfuerza por procurárselo como si se tratara de sí mimo. Esto se aplica también a Dios: por su amante bondad, sale fuera de sí para crear todos los seres, y permanece fuera cobijando la creación entera con su providencia. Benedicto XVI con su Magisterio nos recordó la división clásica del amor como “eros”, “filia” y “ágape”, amor de deseo, de amistad y de entrega respectivamente, una clasificación que si bien no es exhaustiva expresa muy bien la riqueza del amor humano, que es imagen del amor divino; con ello el Papa Emérito quería indicar que el hombre es capaz de amar a Dios, que el primer mandamiento no es una exigencia irracional imposible de cumplir, pero sobretodo que el núcleo de la experiencia del amor de Dios consiste en ser amados por él de una manera tan radical que puede incluso deshacer la obra del pecado, digámoslo con palabras del Papa Francisco: ser misericordiados.

Esta experiencia fue tan determinante para los primeros discípulos, que Juan llega a expresarlo con éstas palabras “nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Juan 4,16), el cristiano es aquel que ha llegado a alcanzar este punto y que se deja conquistar por el amor. Ahora bien, no olvidemos que la referencia paradigmática del amor es la Cruz de Jesús, la entrega amorosa de su vida por nuestra salvación, el perdón incondicional que desde allí nos ofrece, la exigencia de ser fieles como él; sin esta referencia nuestro amor corre riesgo de confundirse con otra cosa, hasta de servir para justificar malos comportamientos, o de convertirse en un sentimiento voluble incapaz de desarrollarse en la fidelidad.
Si somos amados de Dios, el primer mandamiento deja de ser una simple orden para pasar a ser una respuesta al don recibido, no es una imposición arbitraria que nos viene de fuera obligándonos a renunciar a nuestra libertad para entregarnos al Ser que nos ha creado, al contrario, es la expresión de nuestra gratitud por haber sido amados primero (1 Juan 4,10).
Raymundo Tristán
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