Apuntes sobre la Depresión

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No hay duda alguna de que actualmente padecemos una “epidemia” verdaderamente alarmante de depresión, los profesionales de la salud se enfrentan a un fenómeno complejo de origen poco claro que afecta gravemente a muchas personas conduciéndoles no pocas veces a comportamientos dañinos, perturbando el ritmo normal de vida a nivel laboral, afectivo e incluso físico. En mi corta experiencia sacerdotal he acumulado ya un buen número de experiencias acompañando a personas con trastornos depresivos, tanto los que ya se atienden con los profesionales como con los que no (y a los que animo a hacerlo); de igual modo he vivido de manera más directa la enfermedad con personas cercanas a mí…yo mismo, me he cuestionado hasta qué punto la puedo estar sufriendo sin saberlo.


El aspecto más notorio en las personas con depresión es la pérdida de receptividad a los estímulos positivos, vengan de donde vengan. Desde mis años de seminarista una gran parte de mi tiempo y energía los he invertido escuchando y aconsejando a mis semejantes en esa amplia gama de dificultades emocionales y espirituales que son comunes a todo el género humano, tratando de transmitir optimismo y esperanza (no tengo otra que la que me da Cristo) movido por un auténtico sentimiento de compasión. Es por ello que siempre me ha sorprendido encontrar esos individuos que se hallan en un estado de ánimo de total negatividad y/o apatía, incapaces de reaccionar ante las cosas buenas de la vida y ante todo lo que antes de enfermar les parecía tan agradable y bello.

La impotencia de quien no cuenta con las herramientas profesionales para ayudar a quienes sufren depresión me ha llevado a pedir en oración la gracia para poder acompañarlos en sus procesos, pues su presencia constante en el confesionario, en la oficina parroquial y hasta en las conversaciones de calle, son para mí un signo muy especial de un llamado particular del Señor a atender, comprender, querer y curar a los que sin duda son mis miembros preferidos del rebaño que se me ha confiado.

“Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice el Señor”

Isaías 40,1

En las personas tristes, en los que se encuentran bajo el terrible yugo de la depresión, me parece descubrir a Cristo que dice “estuve triste, y me consolaste”, un llamado que quiero hacer realidad a través de mi ministerio, por lo cual voy a compartir estos apuntes, que son fruto de mi experiencia pastoral con quienes experimentan la depresión.

¿Qué es la depresión?

No es fácil dar una definición sobre la depresión (o más bien sobre el conjunto de trastornos depresivos), ya que el estado de ánimo triste es algo de lo más común y no basta con presentarlo para diagnosticar una patología depresiva. Es necesario aunar el uso de un criterio amplio, que incluye las sensaciones de infelicidad hasta las inhibiciones o incapacidades del paciente desencadenados por acontecimientos de la vida, junto a un criterio más ajustado que tome en cuenta no solo la diferencia cuantitativa sino también la cualitativa en las manifestaciones depresivas de la persona. La aplicación de estos criterios conviene hacerse por medio de una observación histórico-afectiva, es decir, prestando atención tanto a la historia personal del paciente como a su reactividad emocional actual; recordando también que no pocas veces un buen diagnóstico exigirá una acción multidisciplinar.

Una de las claves para el diagnóstico de un trastorno depresivo se encuentra en la distinción entre lo que llamamos una “respuesta afectiva normal” y lo que se conoce como “respuesta afectiva desproporcionada”.

  1. La respuesta afectiva normal se caracteriza por ser adecuada y proporcional al estímulo que la genera, por lo general tiene una duración breve y no afecta la esfera somática de manera prolongada ni interfiere con el rendimiento laboral ni con el desempeño social.
  2. Una respuesta afectiva desproporcionada se da cuando las emociones son intensas y persistentes, poseen una larga duración y llegan a interferir con el ritmo normal de vida del individuo incluyendo manifestaciones somáticas prolongadas.

Sin embargo, cabe señalar que la sola presencia de respuestas afectivas desproporcionadas no es suficiente para diagnosticar depresión, se requiere de la presencia de otros factores que deben interpretarse a la luz de los criterios arriba mencionados.

  1. Un trastorno depresivo suele presentar además: pérdida de la satisfacción por vivir, disminución de la capacidad de actuar, desaparición de la esperanza de recuperación. Además de los siguientes síntomas: apatía generalizada, dificultad a nivel de pensamiento, alteraciones psicomotrices y manifestaciones somáticas.

Como se ve, aun para el profesional especializado, puede resultar difícil obtener un cuadro interpretativo confiable para diagnosticar un trastorno depresivo. Al respecto es conveniente considerar estas aclaraciones:

  1. En el contexto de la atención pastoral y la dirección espiritual mi criterio personal es que, después de escuchar a la persona y haber llegado a un grado de certeza moral suficiente sobre la naturaleza de su padecimiento, es obligatorio indicar que debe acudir a un profesional en búsqueda de un diagnóstico adecuado. Las herramientas que posee el sacerdote o el agente pastoral no son suficientes como para hacer un diagnóstico por sí mismo, puede, sin embargo, ser un instrumento útil e importante en el proceso de recuperación.
  2. Los mecanismos fisiopatológicos que conducen a la depresión no son suficientemente conocidos hasta ahora.
  3. El conocimiento de las causas de estos trastornos (etiología) es limitado, porque, al igual que otros padecimientos psíquicos, tienen un origen multifactorial.

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De esta manera, en el marco de la atención pastoral, es necesario mantener clara la importancia de una serie de factores que pueden influir en la salud psicológica y llegar a provocar un trastorno depresivo, a saber:

  1. Factores genéticos
  2. Labilidad afectiva
  3. Factores ambientales (educación, traumas, complejos, experiencias que afectan el desarrollo psicosexual, estabilidad familiar, nivel socioeconómico, creencias y valores, etc.)
  4. Integración social (entiéndase el conjunto de habilidades de socialización y su correcto desempeño)
  5. Salud mental y física (en muchos casos los trastornos depresivos están asociados con patologías físicas y psicológicas)
  6. Hábitos negativos
  7. Conciencia del propio valor y sentido de la propia existencia
  8. Capacidad de apreciación del entorno
  9. Sentido del humor
  10. Espiritualidad

La lista no pretende ser exhaustiva, la mayoría de los autores menciona esos factores como los más importantes de entre todos los que pueden causar depresión, aunque las más de las veces será una combinación de varios la que produzca la condición en el individuo. Los citados factores inciden, en ocasiones de manera decisiva, en la capacidad del individuo de regular el propio estado de ánimo y de confrontar los estímulos tanto positivos como negativos que le proporciona su entorno.

En este sentido, y sabiendo las limitaciones que el oficio sacerdotal impone al respecto, he desarrollado una sencilla y por supuesto perfectible metodología para la atención de los casos, buscando la sanación psicoafectiva de la persona en orden a su felicidad y a su salvación eterna. Siguiendo una pedagogía probada por la bimilenaria experiencia de la Iglesia en cuanto a la vida de oración y la dirección espiritual, los siguientes pasos pueden servir como protocolo para lo que yo he llamado “servicio pastoral de atención a personas depresivas”.

  1. Establecer un marco de comprensión personal. Conocer a la persona por medio del diálogo, escuchando con paciencia la historia de su vida y ayudándole a integrarla en el plan de Dios.
  2. Retroalimentación afectiva. No es un paso en sí, más bien se trata de una actitud continua de empatía, comprender la situación de la persona y sus sufrimientos para trasmitirle esperanza, aceptación y calidez humana, brindarle ayuda para superar un estado de culpabilidad y que logre un mejor entendimiento de sí mismo.
  3. Canalización. Si la persona está en tratamiento (psiquiátrico, médico, psicoterapéutico) animarle a continuar con él, si no, canalizarle al profesional para un adecuado diagnóstico y una atención más profunda. Destacaría sobretodo la parte de la psicoterapia para lo que podríamos llamar una reestructuración cognitiva, sin negar que muchos casos requerirán tratamiento farmacológico y estudios más especializados. Vale también la recomendación de integrarse en grupos de ayuda y superación así como sugerir una cierta terapia ocupacional al nivel de lo que permita el estado actual de la persona deprimida.
  4. Orientación espiritual. Es la parte más importante para el sacerdote, es su área, y aquí podemos incluir dos formas de atención que pueden resultar eficaces.

D.1 Logoterapia. Este particular enfoque de la psicología, iniciado por el célebre Víktor Frankl y utilizado ahora por un significativo número de terapeutas, posee la especial cualidad de identificar las causas “noógenas” de ciertos trastornos psicológicos (aquellas que surgen por conflictos existenciales), puede ser aplicada por alguien que conozca la técnica o, a mi humilde parecer, por cualquier persona capaz de establecer una conversación serena con el enfermo y brindarle una perspectiva de fe.

D.2 Atención pastoral. Se trata de restablecer y fortalecer la relación del sujeto con Dios, orar por él y con él, acompañarle en su vida sacramental y en su integración eclesial, ayudarle a comprender el sentido del sufrimiento humano desde una visión cristiana de la vida, suscitar una experiencia de fe y amor, conducirle a una reconciliación con Dios, con los demás y consigo mismo.

Así como hemos expuesto aquellos factores que, solos o combinados, pueden producir un trastorno depresivo, existen también una serie de hábitos y actitudes que son de gran ayuda tanto para prevenir como para mejorar el estado depresivo.

  • Actitud de continuidad. Entender que curar una enfermedad o mantenerla en cierto grado de control implica tiempo, siempre hay que seguir las indicaciones de los profesionales y en este sentido el apoyo de la familia resulta esencial.
  • Evitar la culpabilidad. Reconocer que no se es una mala persona por padecer este problema, el sujeto simplemente necesita ayuda en un área específica de su vida.
  • Permanecer activo. Hasta donde lo permitan las fuerzas hacer todo aquello que contribuya a sentirse útil, relajado y feliz.
  • Cuidar la salud física. La alimentación, el descanso, el ejercicio, impactan sin lugar a dudas en la autoestima y la salud emocional de la persona.
  • Modificar hábitos nocivos. Sea porque afectan la salud física, sea porque implican un pesimismo constante, sea porque son una manera insana de superar la ansiedad que comúnmente acompaña a los trastornos depresivos (dejar de fumar, de beber, etc.)
  • Evitar tomar decisiones importantes. Al encontrarse en ese estado de ánimo, el sujeto deprimido, no ve con claridad hacia dónde debe ir o qué debe hacer, entonces es mejor no implicarse en decisiones pues pueden resultar precipitadas o erróneas.
  • Manejar los pensamientos. Buscar la manera de adquirir la capacidad de manejar pensamientos negativos, especialmente cuando se trata de ideas de muerte o de suicidio.
  • Crecer en la fe. Una adecuada dirección espiritual y formación en las virtudes cristianas ayudará sin duda a mantener una sana espiritualidad, la cual puede influir positivamente en la autoestima y en la manera de afrontar la enfermedad.
  • Mantener lazos. Nada como cultivar sanas amistades y recibir su apoyo para darnos cuenta de que no estamos solos ante las dificultades.

NOTA: Una experiencia frecuente y difícil ha sido el encontrar personas que piensan constantemente en el suicidio, he aprendido a no prometer confidencialidad en esos casos, por ello es de suma importancia que la persona enferma me proporcione información sobre su estado actual fuera de la celebración del Sacramento de la Reconciliación y me autorice a hacer uso de esa información cuando lo juzgue necesario, sin que eso signifique renunciar a la discreción que exige la atención pastoral.

NOTA: Existe también la necesidad de mantener una postura antropológica clara, a mi corto ver indispensable para todo ejercicio sano de la psicoterapia, esto es, decirle no al “pandeterminismo”, a pensar que todo está condicionado en el hombre y que por lo tanto todo se puede predecir, bien lo dice Víktor Frankl “…se puede intentar predecir los mecanismos de la psique humana, pero el hombre es mucho más que solo psique”.

consuelo10CONSIDERACIONES TEOLÓGICAS

¿Puede un creyente enfermar de depresión?

Sí, creer, poseer la virtud teologal de la fe por gracia de Dios no nos hace inmunes a los padecimientos psíquicos, entre ellos la depresión. Pues la enfermedad no se opone directamente a la salvación ni tiene su origen directo en el pecado. Es necesario comprender entonces cual es la visión cristiana de la enfermedad y su lugar en el plan divino de la Salvación (Catecismo de la Iglesia Católica 1500-1505).

¿Por qué permite Dios la depresión?

Dios quiere que todos los hombres se salven (Cfr. 1 Timoteo 2,4) y la enfermedad entra en este marco, mientras que humanamente puede debilitar nuestra fe y de esa manera obstaculizar nuestra salvación, no es, sin embargo algo que ofenda a Dios. Ciertamente que nuestros pecados pueden llegar a provocarnos una enfermedad, mas no como causa directa, sino que actuando muchas veces contra nuestra propia naturaleza los pecados personales podrán afectar la salud en todas sus dimensiones (piense en aquella persona que peca constantemente de gula, aunque más adelante el hábito adquirido pueda afectar la libertad y la conciencia del pecador atenuando su responsabilidad moral, en un principio se trata de actos pecaminosos que terminaron mermando su salud física, luego su autoestima y por ende su estabilidad psicológica). Pero el sentido último de toda enfermedad es sin duda que Dios la permite para que se manifieste su gloria (Cfr. Juan 11,4).

¿Puede Dios sanar la depresión?

Claro que sí, yo lo he visto hacerlo, más no siempre se da ni tampoco se da como nosotros imaginamos. No olvidemos el poder de la fe (Cfr. Marcos 9,23) que se muestra tanto en el sujeto enfermo como en quienes le rodean, en los hombres santos y en la acción libérrima y misteriosa de Dios. Conviene siempre ayudar a la persona a acrecentar su fe en orden a obtener una sanación, y si Dios no la da ayudará sin duda a que el enfermo la acepte con serenidad y confianza. De la enfermedad Dios puede sacar un enorme bien, para el enfermo y para la humanidad, pues el misterio mismo de la Redención está arraigado en el sufrimiento humano (Cfr. Salvifici Doloris 31).

BIBLIOGRAFÍA

AA. VV., La Salud Mental y sus cuidados, EUNSA, Pamplona, 2010

FRANKL, Víktor, El Hombre en busca de sentido, HERDER, Barcelona, 2004

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