#YoSoyJacquesHamel

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El padre Jacques Hamel, de 86 años (50 de sacerdote), fue degollado en un ataque terrorista cuando dos individuos tomaron rehenes en la parroquia de San Esteban en Normandía, Francia, reivindicando con este acto atroz la estúpida causa de ese ente maligno que se hace llamar el Estado Islámico.

Su muerte, como la de Cristo, es la de un mártir (uno verdadero no como los que se autoinmolan en atentados suicidas para llevarse consigo el mayor número de vidas), un hombre que, a decir de sus parroquianos, era fiel y servicial, su avanzada edad no le impedía seguir acompañando a los feligreses en sus necesidades espirituales. Quiero afirmar su vida antes que su muerte, pues ésta es solo una coronación de lo que vivió como hijo de Dios y como sacerdote, sé que Cristo lo recibirá misericordiosamente en el Reino y que sus oraciones en el cielo serán todavía más fervorosas que las que elevó en su vida terrena.

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Ya se verá si los franceses son capaces de ponerse en pie y decir #JeSuiJacquesHamel (#YoSoyJacquesHamel) por él y por la otra víctima que se encuentra cuya vida peligra, como lo hicieron con las personas que tristemente murieron en el atentado al semanario satírico Charlie Hebdo, cuyas viñetas eran muy conocidas por mofarse groseramente de todo y especialmente de las religiones. Y no es que compare ambas muertes como para despreciar a los que fallecieron en ese ataque solo porque no comparto sus ideales, sus viñetas y contenidos eran horrorosos y aborrecibles en todo sentido, pero eso no los hace merecedores de una muerte violenta pues sus vidas son dignas hasta el final por el simple hecho de que son seres humanos.

Lo que quiero denunciar es que occidente está padeciendo una verdadera enfermedad que le nubla el juicio, se pone en pie de guerra cuando se le toca en el laicismo, pero suele ignorar cuando la ideología o nacionalidad de las víctimas es otra, ensalzar a unos e ignorar a otros, en incluso a estos últimos culparlos de todo como Nerón cuando incendió Roma y culpó a los cristianos de ello. El islamista fanático y radicalizado que en el nombre del EI se lanza contra inermes ciudadanos europeos o se hace estallar en una plaza de Bagdad no está atacando al laicismo occidental sino a lo que cree que es el cristianismo.

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El secularismo occidental se ha cebado sobre la impronta cristiana de sus pueblos y cree estar haciendo un favor a la humanidad al reducir la expresión de la fe a la vida privada o menos, el resultado es evidente: la imposición de un pensamiento débil y una moral permisiva que los amigos del terror aprovechan para desquiciar naciones enteras. Y es que occidente no le ofrece nada al Islam militante, el musulmán fiel desprecia nuestro consumismo, nuestra falta de vínculos familiares sólidos, nuestra actitud irreverente hacia todo lo sagrado.

¿Qué podemos hacer entonces? Cuando el Papa Francisco vino a México dijo “me han pedido una palabra de esperanza, la que tengo para darles se llama Jesucristo” y esa es la única respuesta que nosotros tenemos, también para los musulmanes, al que cree que Alá es Grande hay que decirle “efectivamente y su Hijo es Jesucristo”. Hay que anunciar a Jesús, su Palabra, su Amor y su Misericordia, que el encuentro con El cambia la vida y te quita la venda de los ojos para que reconozcas el valor irreductible de cada persona que tienes enfrente, así escribió San Pablo a Timoteo “predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amonesta y exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4,2).

Pero para predicar el Evangelio hay que vivirlo, y completo, sin mutilaciones ni adulteraciones, sin quitarle ni ponerle, sin dejar de lado lo que no nos gusta o lo que nos exige, no se puede evangelizar desde el confort o la vanidad porque el Evangelio no se lleva bien con eso; para evangelizar hay que estar dispuestos a renunciar a nuestra comodidad, a perder la reputación, la fama, el trabajo y hasta la vida…y si tienes duda contempla a Jacques Hamel o a cualquiera de tus hermanos en la fe que por el Evangelio han perdido sus vidas de manera violenta a manos de desgraciados inmisericordes por cuya conversión debemos orar.

Raymundo Tristán

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