Sobre la Paz

paz

“La paz es fruto de la justicia” (Isaías 32,17), esta verdad que proclaman las Escrituras es hoy más que nunca necesaria para una sana reflexión que guíe nuestro obrar cristiano en estos tiempos de gran confusión y de violencia.

La paz es un bien esencial porque el hombre la desea y la requiere para ser feliz, porque es el don que le permite gozar de todas las cosas buenas de la vida en una medida tal que no le dañen ni se vuelvan contra él; así el que está en paz sabe qué hacer con el dinero, la fama, el poder y los placeres. Pero también la paz le permite al hombre dedicarse a los suyos, trabajar para su propio bienestar y el de su familia, desarrollar todas las potencialidades de su ser en busca de un futuro mejor para sí mismo y para los que lo rodean.

Por otra parte la paz le da al hombre la posibilidad de conocerse a sí mismo y de identificar y conseguir aquel fin último hacia el que se orienta toda la existencia: hacia Dios. En efecto, estando en paz el hombre sabe que su paso por este mundo no es definitivo, que aspira a una vida más alta y que solo alcanzándola quedará plenamente satisfecho, la paz nos abre a la eternidad.

Ahora bien, la justicia, según Santo Tomás de Aquino, es “el hábito por el cual el hombre da a cada uno lo que le es propio, mediante una voluntad constante y perpetua”, es decir, es la virtud con la cual el hombre dirige sus acciones a la consecución de un bien común y éste a su vez es necesario para la sociedad, la cual satisface el ser gregario del hombre. El bien común está constituido por el bien de la comunidad, en la cual cada uno busca su propia felicidad, pero al vivir en sociedad ésta exige un bien mayor que no coincide siempre con las expectativas de los individuos pero que procede del mismo origen: el ser humano por naturaleza está ordenado a la consecución de la felicidad.

JusticiaDe manera que la paz surge del bien común y éste a su vez de la práctica de la justicia, sin justicia no se alcanza el bien común y por lo tanto tampoco la paz. El problema está entonces en la justicia, no hay paz porque no hay justicia y la falta de justicia proviene de la terrible confusión que vivimos en todos los ámbitos, ya no sabemos qué cosa sea el bien común, pues éste ha quedado desestructurado y reducido a un mero concepto cultural. Tal es el problema de la sociedad humana actualmente, ya que si el bien común es solo fruto de las concepciones culturales, que son realidades fluctuantes y mutables, solo podrá ser alcanzado por acciones autónomas del hombre sin ninguna referencia a una instancia superior, llámese Dios o ley natural, y así queda deslindado de la idea moral del bien y del mal. Un bien común así entendido termina separándose del campo de la ética y quedándose solamente en el campo de la política, en el cual la justicia no tendrá ya nada que ver con lo bueno y lo malo como conceptos reguladores fijos y universales, sino con las conveniencias electorales, las modas, las opiniones y, sobre todo, los gustos; podríamos definir la justicia actual como “la virtud por la cual se le da a cada uno su gusto”.

Es así como nuestra sociedad decadente termina siendo una sociedad sin moral, debilitada por un sentimiento generalizado de culpa y por él estará siempre temerosa de hacer sentir mal a quien sea, y, así consentirá las mayores banalidades y aberraciones otorgándoles la protección de la ley, la cual pasará de ser servidora de la justicia a esclava de los gustos que estén de moda. Se cree entonces, falsamente, que se promueve la libertad de los individuos, cuya exaltación es concebida como la epítome de la realización humana, cuando en realidad la ley se vuelve esclava de particularismos, de deseos subjetivos y comportamientos privados, que le exigen una reconfiguración de todo el aparato social para gozar de la soñada visibilidad y aceptación popular.

isis 1Esta sociedad amoral, en su ingenuidad, se hará pedazos ante la moral del Islam militante, el cual en sus expresiones más extremas engendra una determinación suicida entre sus miembros, y ellos están dispuestos a morir por su fe (aunque sea una fe perversa) y así conquistar con el terror a los pueblos occidentales que ya no están dispuestos a morir por nada.

Raymundo Tristán

Sígueme en Twitter como @PRayTristan

Comments

  1. Laura Espinoza Orozco says:

    Me encantó….

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