Comunicación, medios e Iglesia

La comunicación es uno de los asuntos humanos de mayor relevancia hoy en día, tanto por la variedad de contenidos y de medios a través de los cuales se realiza como por la capacidad transformativa que posee y que se ha potenciado gracias a los grandes avances tecnológicos en el campo. En efecto, comunicarse hoy en día, haciendo uso de los medios tradicionales y los modernos, en medio de una sociedad globalizada, es una de las tareas más importantes para la gran mayoría de los individuos y quizás a la que más tiempo se le dedica. Ahora bien, las consecuencias de la globalización del fenómeno comunicativo en la era de internet y las redes sociales aun no ha sido suficientemente valorado, al menos en el pensamiento colectivo popular, sus ventajas y desventajas no están del todo claras y muchas personas permanen en una actitud ambigua o indiferente ante el hecho.

Lo que no podemos negar es el enorme impacto que los medios de comunicación masiva y las redes sociales tienen en las personas y las instituciones, cuya imagen social se puede ver modificada hasta un punto de gravedad sin que los implicados puedan hacer nada debido a la publicidad de los datos que compartimos en el mundo virtual, la rapidez del intercambio informativo, la dificultad para moderar contenidos sin entrar en colisión con la libertad de expresión y la falta de espíritu crítico en gran cantidad de consumidores de contenido.

Ikram Antaki

Este efecto, quizá no deseado directamente, pone a los medios de comunicación, viejos y nuevos, en una situación de poder inesperada que les permite no solo iluminar la vida cotidiana de los miembros de la sociedad con la información oportuna acerca de los hechos más relevantes del entorno, sino que también abre la posibilidad de “transformar” la manera de pensar de las personas, de cambiar la forma en que perciben el universo e incluso el como se perciben a sí mismos. De ahí que algunos hayan llegado a denominar a los medios de comunicación como “el cuarto poder” en las democracias intelectuales, un poder fáctico que, según la célebre escritora Ikram Antaki sostiene en su libro Manual del ciudadano contemporáneo, debería ser no otro poder sino un “antipoder”, un contrapeso ante los poderes gubernamentales para evitar la tiranía y la injusticia.

37-El-Medio-es-el-mensaje

En ese sentido fue el profesor Marshall Mcluhan quien abrió las puertas a una reflexión teórica y sistemática acerca del poder de los Media, fue él un gran visionario cuyas intuiciones se adelantaron mucho a las posibilidades de su tiempo, especialmente después de la salida al público de su libro Understanding Media en 1964, al inicio de la revolución cultural. A él le debemos grandes ideas sobre la relación entre el ser que comunica y los medios con los que comunica; afirmaba, por ejemplo, que “somos lo que vemos”, aunque hoy diríamos “somos lo que comunicamos” o, más posmodernamente, “somos lo que posteamos”. También enseñó que somos nosotros los que formamos nuestras herramientas y luego ellas nos forman a nosotros, dando a conocer el profundo poder performativo de los medios de comunicación y de ahí desarrollaría lo que sería el núcleo de su reflexión sobre las comunicaciones: el medio es el mensaje.

Según Mcluhan el medio es entendido como una extensión del individuo que se comunica, una extensión que posee la característica de poder distorsionar y modificar el curso de las relaciones y las actividades humanas (clarísimo ejemplo del whatsapp), esto es, el mensaje aunque se transmita fielmente termina invariablemente distorsionado por el medio debido al sesgo que irremediablemente este posee. Es de hecho el motivo el que reinterpreta el contenido, no siempre de manera consciente, y todo medio posee sus motivos porque todo medio es extensión de una o varias conciencias individuales, las cuales no pueden permanecer imparciales ante la realidad. Es aquí donde las cosas se pueden volver problemáticas, porque si los medios no solo informan sino que “forman” los criterios y la manera de ver las cosas de millones de personas, la independencia de pensamiento puede ser vulnerada y manipulada, lo cual pone en peligro el Ethos de las comunicaciones humanas, el marco ético básico al que los medios pertenecen que es el servicio a la verdad.

De esta manera nos encontramos que cuando la gente no atiende a los medios va a estar sin duda desinformada, pero si acude a ellos, especialmente debido a la pluralidad de puntos de vista sobre cualquier tema, va a estar malinformada. Esto es especialmente claro cuando se refiere a la Iglesia, porque la información que trata acerca de ella es casi siempre polémica y contracultural, y no pocos medios carecen de personal especializado en cuanto a los temas religiosos se refiere. Lo anterior nos deja la impresión de una cierta incomodidad o enemistad entre la Iglesia y los medios, la sensación de que una institución está en contra de la otra, o de que necesariamente son dos maneras contrapuestas de pensar en todo.

Estamos llamados a superar esta imagen de contraposición, en primer lugar porque la Iglesia es ella misma una obra de comunicación, en el sentido teológico porque una de las verdades nucleares de la fe católica es que Dios se comunica con el hombre a través de su Palabra, la cual hecha carne es Jesucristo, y él definió su misión como una “buena noticia” (Lucas 4,18), un Evangelio que anuncia un nuevo modo de vivir (Marcos 1,15), una transformación de la existencia, una noticia que hay que comunicar a todos sin excepción, es esta la irrenunciable tarea que la Iglesia tiene el deber de seguir realizando en el mundo. Así, forma parte de la misión de la Iglesia el estar abierta al diálogo con todos, a dar a conocer las razones de sus esperanza con mansedumbre y dulzura (1 Pedro 3,15), levantando la voz en todos los areópagos de la sociedad, haciendo uso de todos los medios de comunicación. Y este es un campo en el que la Iglesia está cada día más comprometida, desde la célebre alocución radiofónica de Pío XII en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, pasando por el documento Inter Mirifca del Concilio Vaticano II, hasta la apertura de la cuenta oficial del Papa en Twitter @Pontifex, la Iglesia se siente cada día más implicada en el mundo de las comunicaciones, en el cual sigue anunciando a Jesucristo con fidelidad pero del cual también aprende acerca de los deseos y aspiraciones de los hombres de hoy.

Papa Francisco

Por eso cada Jornada Mundial de las Comunicaciones, el pontífice suele enviar un mensaje y Francisco no ha sido la excepción, baste un extracto para entender la importancia que el Papa le da a las comunicaciones y la impronta que sugiere para un mejor ejercicio de las mismas.

“Gracias al desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno).
Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.
Creo que es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras, terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano). Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la propia conciencia o de caer en la desesperación.
Por lo tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena noticia».”

Nos deja claro así que el hecho comunicativo tiene siempre una responsabilidad ante el mundo que nos toca vivir, una responsabilidad que no se puede dejar de lado, como valientemente lo han demostrado los periodistas mexicanos que han perdido la vida ejerciendo su labor al evidenciar los profundos males que aquejan a nuestra patria. Es por eso que la Iglesia debe ser un espacio abierto para aquellos que buscan la verdad, no como una opción altruista sino como un deber cristiano, una exigencia del Evangelio mismo. Así los medios pueden contribuir a la difusión de todo lo que es bueno y sano, de todo lo que interesa a las personas para su propia felicidad y trascendencia, al mismo tiempo que alertar a la sociedad acerca de los peligros que amenzan la paz entre los pueblos y entre los individuos, inlcuso los medios ayudarán a la Iglesia a desnudar sus propios problemas estructurales para enfrentarlos con humildad y decisión, para jamás permitir que la mala conducta de sus miembros ensucie el nombre cristiano y ofenda a los más débiles, al mismo tiempo que recordará a los que ejercen el oficio mediático que no están exentos de las exigencias de la ética y del respeto a la verdad, que no deben venderse por dinero o popularidad. Quienes trabajan en la noble tarea de la información encontrarán en la Iglesia una aliada ante las amenzas que pretenden callar la boca a la verdad, una voz firme que denuncia la muerte de nuestros periodistas como un grito que clama al cielo por justicia.

Raymundo Tristán

Sígueme en Twitter como @Padreraymundo

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